Catedrales profanadas

Fue un fin de semana de finales. Los rivales eran dignos y los escenarios, perfectos. Ganaron las dos selecciones que mejor jugaron su respectivo torneo. El fútbol no siempre es justo, pero este fin de semana lo fue. Italia ganó la Eurocopa en Wembley, el mítico estadio donde los ingleses nunca habían perdido un partido en la fase final. Argentina se coronó en Maracaná, uno de los estadios más simbólicos del fútbol, frente al anfitrión, Brasil.

Italia jugó un buen partido, con oficio y determinación, que es la manera de encarar las finales. A nivel selección y a nivel de clubes es una gran noticia que los italianos vuelvan a ser protagonistas de Europa. Del otro lado se vivió el primer gran logro de Messi con Argentina, después de cuatro finales perdidas con la 'Albiceleste', Messi logra un titulo que le da tranquilidad para pensar en su futuro ahora que no tiene club, pero, sobre todo, le da paz y sustento a su legado en la historia del fútbol mundial.

Del otro lado de la moneda, vivimos la caída de las catedrales del fútbol, y no me refiero a que Inglaterra perdió en Wembley, o Brasil en Maracaná, sino a las consecuencias que dejaron los partidos. Para empezar, las imágenes que dejaron los ingleses tras la derrota fueron lamentables, vergonzosas. El haber perdido la final en casa quedó opacado con las actitudes y acciones de los aficionados. Golpes, alcohol, tumultos, basura, caos y disturbios pasaron por encima del fútbol y de la ley. Después de muchos meses, los aficionados pueden entrar a los estadios. Luego de los incidentes de la final de la Eurocopa, dan ganas de que no vuelvan a entrar nunca. Es una pena. La UEFA está obligada a sancionar de manera ejemplar a la selección y a la federación inglesa. De no ser así, sospecharía que es verdad que la UEFA está en deuda con los ingleses por haberse salido de la Superliga.

Para Brasil, es otra derrota histórica en la cuna de su fútbol. Y, más allá de eso, es el último clavo en el ataúd para la crisis del balompié brasileño. Hace no muchos años, la mitad de los 10 mejores jugadores del mundo eran brasileños. Había estrellas en cualquier posición. Ahora, en el top 10, si acaso entra Neymar, que es, hoy en día, el máximo referente del fútbol brasileño. Sin embargo, desde que emigró de Brasil a Europa, nunca ha sido la principal figura del club en el que milita. Brasil sigue siendo el máximo exportador de futbolistas a Europa, pero es evidente que la cantidad no está dando calidad y, ante un negocio del tamaño que representa el futbol para Brasil, es necesario que pongan atención en los procesos para rescatar lo mejor.

Inglaterra y Brasil perdieron más que una final. Perdieron parte de la imagen y el prestigio que tenían a nivel mundial. Y, además, perdieron jugando de locales; sus catedrales fueron profanadas