La esperanza de los Olímpicos

He de confesar que estoy enferma de Olímpicos. Me pasa cada 4 años, pero esta vez me pegó más fuerte. Me ha llevado a no pensar en los horarios, a desvelarme, madrugar; a no sentir el cansancio acumulado con tan solo una semana de competencias. Me ha volado la cabeza el pensar que es el primer evento mundial tras una pandemia que nos enseñó que estamos más cerca de lo que creemos unos de otros.

La pandemia nos juntó en la distancia, nos hermanó y unificó. Tokio es la celebración de eso. Todos podemos llevar esos sentimientos, que ahora más que nacionalistas, como en pasados Juegos Olímpicos, son mundiales. Ahora todos vibramos en la misma sintonía y simpatizamos más con los atletas que están en una burbuja, no solo física, sino mental y emocional. Festejando y llorando lejos de sus familias.

Están metidos en su deporte, con sus logros, sus retos, sus triunfos y frustraciones. Con sus rivales que ahora parecen sus hermanos, porque nadie entiende mejor lo que haces que tus colegas. Ni siquiera tienen oportunidad de ver y disfrutar de otras disciplinas, lo cual me parece una incongruencia, ya que cumplen con todas las medidas de salud: hicieron cuarentena antes y después de viajar, se les aplican pruebas constantemente, están aislados, pero todos conviven juntos en la villa.

Los Juegos Olímpicos son la suma de deportes, historia, tecnología y cultura. La inauguración estuvo adornada con banderas, colores y alegría. En el estadio se cambiaron los aficionados por cubrebocas. En un estadio vacío los atletas se ovacionaban y saludaban entre ellos; reconociéndose y admirándose. Saludando a las billones de personas que alrededor del mundo vivimos la inauguración sin importar el huso horario, el esfuerzo y renuncias que implicaba, todos unidos, todos sacudidos por la misma causa.

Y esa causa es la grandeza de la humanidad en la que somos un grano de arena, pero somos; sumamos y aportamos y cada cuatro años tenemos una cita que nos lo recuerda y que nos llena de emociones. Porque es la fiesta de la humanidad, en la que cada uno tiene un rol trascendental.

Eso es la antorcha, la luz que en su recorrido por el mundo pasa por manos de los atletas. A finales del año pasado estuvo en Tokio como certeza de que se realizarían los Juegos, cuando en realidad nadie sabía qué iba a pasar. Ahora brilla en el Estadio Nacional de Tokio y simboliza los valores, la paz, la unidad y la esperanza. La esperanza que ahora solo pueden traer los Olímpicos.