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Tokio, la fiesta de los atletas

Los Juegos Olímpicos de Tokio están por empezar. Una espera que ha sido más larga de lo normal. Unos Juegos que serán históricos y que siempre recordaremos, en primer lugar, por poder haber sido celebrados, y en segundo lugar, porque sin duda serán diferentes por todas las adaptaciones que se han hecho para aminorar los efectos de la pandemia.

Aplazar la fecha un año ya supuso un reto para todos: atletas, organizadores y público. Para los atletas, el mantenerse sanos y replantear sus entrenamientos para que la curva de rendimiento llegue en el momento adecuado, representa un esfuerzo mayor del que ya implica estar en unos Olímpicos. Los organizadores han trabajado mano a mano con la incertidumbre, las necesidades han cambiado a cada minuto; la capacidad de adaptación y logística es admirable. El público ha estado expectante en un año muy difícil en el que los Olímpicos parecen, más que un gusto, una necesidad.

Es muy triste el hecho de que se viva esta fiesta sin púbico, incluso sin público local. La ausencia de público sin duda le quitará sazón al platillo principal. Aunque, por más que lo pienso, me parece que esta situación para los atletas no marca una gran diferencia.

Llegar a unos Juegos Olímpicos es una meta que logran pocos. Es el resultado de una vida de esfuerzo, sacrificio, preparación y disciplina. Veo más complicado no poderlo compartir con la familia y el equipo que ha caminado con ellos para llegar hasta allá, porque nadie llega solo. No tener cerca a los testigos y motores de tal hazaña es muy duro.

Y no quiero que se me malinterprete: el público es un ingrediente fundamental en cualquier deporte. Sin embargo, los Juegos Olímpicos son la celebración de los atletas. Participar en ellos ya es un triunfo en sí mismo. Cuando algo es tan complicado no se necesita el aplauso; el reconocimiento está en el propio camino, en la superación al “yo” de ayer.

Para el aficionado es tan atractivo porque los atletas olímpicos son nuestros superhéroes reales. Son personas que rompen récords, que ganan batallas, que superan monstruos, que logran, que compiten, que se retan, que se caen, se lesionan, sueñan y trabajan. Son los que lloran de dolor, de frustración, pero también de satisfacción y de emoción. Son los que en una cancha, en un estadio, en una alberca o en cualquier otro escenario, nos dejan lecciones de vida que podemos aplicar diariamente, pero solo absorber cada cuatro años.

Las medallas decoran a tres de miles, los récords recuerdan a uno de miles, pero la travesía la disfrutamos millones. Fue una larga espera, pero estamos a días, horas de Tokio, que siempre será recordado como la fiesta de los atletas.