CRÓNICA - CONCACAF NATIONS LEAGUE

Nations League: Coberturas en tiempos de post-pandemia

La 'nueva normalidad' ha llegado a las coberturas periodísticas en eventos deportivos. La Nations League en Denver, uno de los primeros ejemplos de un nuevo modelo.

Denver
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Nations League: Coberturas en tiempos de post-pandemia
Eduardo López

Denver vive en la post-pandemia. Un mundo un año adelantado al que acostumbramos en otras latitudes. No desfilan más las mascarillas por las calles, la gente sonríe al mínimo asomo de un rayo de sol, corre la ligera ventisca veraniega y la vida sin prisa, la cerveza sabe aún más dulce y los estadios rugen sin miedo ni culpa. No existe más el coronavirus en Denver, al menos, en praxis; el 'tracking' estadístico es otro cantar.

Las restricciones sanitarias ya no tienen efecto en las calles de Denver, pero su jurisdicción aún está en vigor en el Empower Field at Mile High, el último resquicio del recato anti-virus. Al menos para quienes asisten a él en funciones laborales. El riesgo de contagio en el condado de Denver es 'medio', de acuerdo a covidactnow.com; por ello, Concacaf extrema precauciones, pese a que la política popular sea mucho más laxa. Si el virus entra al Empower Field, no será mediante un staff, o fotográfo, o un periodista. No, señor. Y por si las dudas, está disponible el módulo que ofrece a coste cero las vacunas para el COVID-19 entre las secciones 116 y 117.

Controles de temperatura. Gel desinfectante con alto porcentaje de alcohol. Uso irrestricto de las mascarillas-cubrebocas en cualquier momento dentro del edificio salvo para tomar alguna bebida y comer. Distanciamiento social, abolición de los saludos corporales. Las usuales medidas sanitarias aún sobreviven en las coberturas periodísticas de post-pandemia. Es chocante, eso sí, el silencio, la solemnidad. En un espacio en el que solían reunirse más de 200 reporteros, no hay más de 20. Ocho asientos, al menos, separan a uno del otro. No hay filas para intercambiar tickets de cortesía por comida caliente; vaya, no hay siquiera un alma donde pululaban los parloteos pre-partido mientras el brisket con pepinillos humea. Pocos vestigios sobreviven de aquel dulce caos. Los gritos desaforados, comentarios altisonantes, intempestivos enlaces televisivos, el estruendoso 'tic-tac' de las teclas de todas las computadoras, sincronziadas en una sinfonía de dedazos; toda esa polifonía ha dado paso a una extraña desolación, rota por el retumbar del estadio. Y por los gritos de gol sin miedo ni culpa.

Lo primero que hay que asimilar es que la imperiosa necesidad de estar se ha diluido en las insólitas complacencias de la distancia. Durante la pandemia, el ser humano se ha abocado, además de sobrevivir, a reducir la sensación de distanciamento afectivo y físico al mismo tiempo en el que ha hecho del mismo distaciamiento físico una práctica tan normal como el lavado de manos. El reporteo deportivo no será igual. No, al menos hasta que los traumáticos efectos colaterales de la pandemia se hayan alejado para nunca volver. Quizá ello tarde más que la misma pandemia. El caso es que la cobertura post-pandemia es estar donde daría igual no estar. Las tele-conferencias son tan sintonizables dentro del estadio como en Fiji. En el periodismo pandémico lo primordial es disponer de una estable conexión a Internet y una buena pregunta. Las sudorosas y exhaustivas escaramuzas entre trincheras, que en el argot periodístico denominamos 'zona mixta', no tienen cabida en la post-pandemia. La nueva normalidad es esto: un hilo que conecta el asiento en el palco de prensa (o en Fiji) con quienes 15 minutos antes corrían detrás de la pelota. Eso sí, ninguna simulación que allane las distancias sustituye a la sensación de estar. 

"Bienvenido. Ponga su cara en el escáner. Gracias. Las estadísticas se las enviaremos por correo, igual que las alineaciones. Tome cualquier asiento y conéctese a la conferencia". Cualquier asiento, y todos están desocupados. Separados, como las filas de un examen final. Cortinas que obstruyen los corredores por donde transitaban despavoridos los colegas con grabadora en mano. Estar y no estar. Y los ecos de la sinfonía de teclazos. "No se quite el cubrebocas. Tenemos que seguirnos cuidando", alertan continuamente los oficiales. Y es perfectamente comprensible. Pero no todo es como no solía ser. La prohibición de arengas sigue vigente, en un guiño cómplice a la 'vieja normalidad'. Hay cosas que nunca cambian.