Barça y Madrid: cuando olvidan que el fútbol es emoción

La semana pasada hablé de que el dinero no lo es todo en el fútbol, pese a que sea un negocio. Puse de ejemplo a los clubes vascos: los buenos resultados, gracias al sentido de equipo que existe, la gran labor de las directivas y el modelo de éxito que se puede replicar. Tras la eliminación del Madrid en la Copa del Rey a manos de un equipo de Segunda B y del complicado pase del Barcelona, esta semana no puedo dejar de hablar del otro lado de la moneda.

¿Por qué dos de los equipos más poderosos del mundo tienen problemas tan complejos? ¿Los recursos, la historia, los títulos, el reconocimiento mundial, la fuerza mediática, la influencia e importancia no deberían de hacer a un equipo más sólido y consistente?

Podría, pero el dinero no puede ser el fin ni la solución a todo. Ni en el futbol, ni en la vida. El protagonismo de estos equipos muchas veces puede jugar en su contra y perder el piso, un principio de realidad, por estar inmersos en la exigencia, en la fama, en la “excelencia”.

Cómo puede un futbolista profesional jugar a su mejor nivel, sentirse parte importante de un equipo, querer sumar y aportar cuando, más que indispensable, se siente desechable. El Madrid y el Barcelona son instituciones que parecen estar fundadas en la incertidumbre. Las administraciones piensan a corto plazo, buscando dinero y resultados. Por tal razón, estos equipos le dan un peso importante a la Champions, por ejemplo.

El Atlético de Madrid sería el caso contrario. Un club en el que ves a sus jugadores contentos y funcionales, porque una cosa te lleva a la otra. Llorente se ve mejor que nunca, es posible que sea el mejor jugador español del momento. Griezmann era líder, goleador, referente; verlo jugar con los 'Colchoneros' era un privilegio y ahora parece haber perdido el gusto por el balón, mismo argumento que he oído más de una vez sobre Messi.

Los rojiblancos ahora cuentan también con Luis Suárez, que marcha como 'Pichichi' de LaLiga y es factor importante para tener a su equipo en lo más alto de la tabla. Las malas decisiones del Barcelona merecerían varias columnas para poderlas analizar, pero con ninguna acabaríamos de entender el trasfondo de las locuras cometidas. La salida de Suárez puede ser debatible; si la razón fue para debilitar a Messi, el mejor jugador de la historia del club y a quien la propia directiva le dio un poder casi absoluto, no tiene sentido. El Barca sigue pagando a Suárez, ahora para que lleve al Atlético a lo más alto.

La incertidumbre en el Real Madrid es peor que en la bolsa de valores. A la fecha no se sabe si Ramos, el capitán y pilar, va a renovar su contrato o no. Benzema, quien se ha encargado de la delantera, empieza a coquetear con el Lyon. Todos están viendo por ellos antes que por el equipo, porque saben que el equipo no ve por ellos. A los 30 años parece que se les acabó la carrera, a pesar de seguir dando los resultados, a pesar de los años y títulos entregados. Ejemplos de esta situación suelen repetirse en la historia del Madrid.

Suena que los merengues podrían cambiar a Vinicius y 40 millones de euros por Mbappé. Repito, se puede evaluar la situación: el fútbol es un negocio, pero si a ese análisis sumamos que Vinicius, con 20 años, ha sido quien ha cargado con el Madrid en una de las peores crisis de su historia, que la presión ha crecido más rápido que sus minutos en el campo y que Mbappé ya no es tan regular como lo fue durante el Mundial de Rusia, la balanza se inclina.

Con qué seguridad, pasión o compromiso pueden jugar quienes no saben hacia dónde se encamina su futuro. Qué cariño y lealtad pueden sentir sobre un club y unos colores que exigen todo de ellos y que los descartan con facilidad y con poco sentido de gratitud. La planificación, la seguridad y la estabilidad son la base que se necesita para controlar, canalizar y desbordar el futbol, que es emoción.