La mejor afición

La semana pasada vi con mi hermano un video de la afición del Sevilla cantando y celebrando el pase a una de las muchas finales que ganaron en la Europa League. Inevitable tener la piel de gallina.

Esto me llevó a preguntar en Twitter: “Si tuvieran que ser de un equipo, que no sea el suyo, sólo por la afición, ¿a quién le irían?”. La respuesta me pareció impresionante, pero lo que más me llamó la atención es que muchos clubes se repiten, es decir, no solo es cuestión de gustos; claramente tenemos entendidas y valoradas a algunas aficiones como mejores que otras.

¿Qué hace a una afición buena o mejor? Creo que hay muchos aspectos a juzgar y valorar: algunos tangibles, racionales y medibles; otros intangibles, que viven más en la imaginación y el sentimiento. Ese 'algo' que hace al corazón latir más rápido sin mucha mayor explicación, la parte que simplemente se respira y vive.

El ambiente es el punto más importante, no por el sentido de fiesta y alegría, que es el principal objetivo de una afición, sino en qué tan cómodo y, sobre todo, seguro se puede sentir el equipo visitante. A las personas, incluso en masa, en el colectivo, se les debe juzgar más por lo que hacen que por lo que dicen; cómo reacciona la afición cuando las cosas en su equipo marchan bien, pero, sobre todo, cuando marchan mal.

Reconocer y aplaudir la grandeza del rival es parte fundamental de una buena afición. En el fútbol se gana y se pierde. Siempre se juega en ese sube y baja y quien no lo entienda como un juego y el equilibrio que conlleva, no merece ver fútbol. El rival no es odio, no es traición; es el ingrediente que da sentido y sabor al juego. Que una afición lo entienda así solo los enriquece, como personas y como grupo.

Una afición es color, es canto, es felicidad y optimismo. La esperanza es vital, son los que nunca dejan de creer. Es lo que da sentido al estadio y vida al juego. Cómo se extrañan ahora los coros, las bufandas, las caras pintadas y los mosaicos. Pero para que una afición suba un nivel más debe ser conocedora y exigente, usar los medios y las maneras adecuadas para exigir a su equipo para buscar su mayor rendimiento y los mejores resultados. Ser autocríticos y estrictos.

En la relación afición-equipo, ¿cuánto pesa la afición en un partido?, ¿cuánta presión puede meter al rival?, ¿cuánto puede motivar a los jugadores? Esta relación debería, idealmente, ser directamente proporcional. Los jugadores, técnicos y directivos tienen que sentir compromiso con la afición, quererlos complacer, brindarles motivos para festejar. No olvidar que el fútbol es un punto de encuentro y que su rol social es básico.

La historia de los clubes pesa y mucho. Hay equipos que parece han existido toda la vida y que sus costumbres parecen milenarias. Pasan los años y las personas, pero la institución y la afición, que es el corazón que la mantiene viva, prevalecen. La afición nutre al equipo. La tradición y el amor a la camiseta están por encima de cualquier jugador que la porte en su historia. Es algo que supera a cualquier individuo y que se transmite por generaciones, como si estuviera en nuestro ADN. Hay equipos que, por tradición, arrastran a familias enteras y que nunca podrán cambiar o mirar otros colores. Equipos que generan arraigos muy fuertes en sus aficionados locales. Eso es inspirador.

Cuando las ideas se analizan y desmenuzan, es más fácil comprenderlas. No podemos encontrar algo si no sabemos qué estamos buscando. Para ser la afición que queremos ser, debemos saber qué afición queremos ser. El respeto al fúbol se lleva en el corazón y se disfraza de distintos colores y diversas camisetas. Quien siente amor por el juego es la mejor afición.