10 LIBROS PARA CONOCER RUSIA | 3

"Los muchachos de zinc"; el horror de la guerra

"Los muchachos de zinc"; el horror de la guerra

Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura en 2015, dio voz a los olvidados que dejó la intervención soviética en Afganistán.

Ciudad de México

"En un combate, cuando sacas el último cargador, el último cartucho te lo metes entre los dientes. Ése es para ti”. El demoledor relato corresponde a un soldado soviético, enviado por el gobierno de Leonid Brézhnev a Afganistán, una invasión para contrarrestar la Operación Ciclón operada por Estados Unidos, encaminada a reclutar a fundamentalistas islámicos para derrocar al Partido Democrático Popular de Afganistán. La desesperación, el encontrar el sin-sentido de la vida, el absurdo, el horror.

¿Y cómo sobrevivir al horror?, se preguntó Svetlana Alexiévich. La periodista bielorrusa, en una ardua búsqueda que duró cinco años, se citó con sobrevivientes de la guerra (1979-1989), enfermeras postradas de por vida, madres y padres de soldados caídos que esperaron por años un tren que sólo les trajo un ataúd de zinc que contenía a sus queridos. El zinc, impenetrable, habría servido mejor como escudo y no como féretro. Los muchachos del zinc. Miles y miles de ataúdes enviados desde Afganistán hasta la puerta de sus casas. Y dentro de ellos, miles y miles de jóvenes engañados por la propaganda del régimen, que les había convencido de que no asistían a la conquista de un país al otro lado del Cáucaso, y más allá. Que, en realidad, serían los representantes de la libertad. Que llevarían el progreso y la prosperidad a aquella tierra. Que educarían niños, que construirían carreteras, que darían de comer al desvalido. Y, en cambio, Afganistán los recibió con su serranía púrpura, sus atardeceres incandescentes y las ráfagas de los muyahidines.

Metros y metros de cintas de grabación debió escudriñar Alexiévich, más de 100 entrevistas. El resultado, un coro polifónico, a imagen y semejanza de los antiguos dramas griegos, en el que la voz de la periodista es un mero intermediario y su injerencia en el texto, mínima, para no lastrar la pureza del relato, se remite a la elección de los testimonios y su construcción en la obra. Voces trenzadas entre sí, que se yuxtaponen la una a la otra, monólogos del horror. La decisión entre la vida o la muerte en pleno combate, los pedazos del compañero de pelotón que llovían después del estallido de una mina terrestre, los infernales relatos en las salas de urgencia, la belleza de los paisajes del país: un elemento recurrente en los testimonios. Y, también, recurrente es la brutal pérdida de la noción de la vida: la costumbre de la muerte, el adquirir el horror como hábito. Los que sobrevivieron, a su regreso a casa, permanecieron catatónicos, ajenos al terror, a la sangre. El estar llenos de vida, para salvarla, les había dejado sin ella.

El libro de Alexiévich, duramente rebatido por las autoridades rusas y bielorrusas, no sólo fue un megáfono del olvidado y la historia enterrada por la desidia y la política. Fue, también, una carta de denuncia. A la desidia y la política. Un retazo de humanidad entre el caos. La parte final del la obra recaba los folios, también alternados para formar un coro dialéctico, que muestran los argumentos esgrimidos por acusador (un soldado que adujo que su testimonio había sido alterado) y acusada (Alexiévich). Al final, triunfó la libertad. Y la verdad. Porque nadie debería olvidar a los muchachos del zinc. Y menos, a los que no llegaron a él. A los que hijos de los padres que recibieron un ataúd de zinc pero relleno de tierra, para que no pareciera vacío.

0 Comentarios

Normas Mostrar