Cuando las crisis diplomáticas trastocan el deporte

DIPLOMACIA Y DEPORTE

Cuando las crisis diplomáticas trastocan el deporte

Cuando las crisis diplomáticas trastocan el deporte

En el contexto de la confrontación México-Estados Unidos, y del recuento de las actividades deportivas en común que podrían verse afectadas, recordamos otros ejemplos...

México DF

Amenazas. Discursos y soflamas televisadas. Los gabinetes de emergencia desbocados. Las colapsadas y volcánicas redacciones de los diarios. Las cancillerías en ebullición. Las milicias alborotadas. Audio, vídeo, pixeles que se esparcen entre la opinión pública con virulencia. Los mercados cambiarios turbulentos, monedas que fluctúan y pantallas que estallan. Las crisis diplomáticas entre dos países permean a todas las esferas de la vida pública, incluido, por supuesto, el deporte. El axioma que desliga la actividad deportiva de la política es una falacia; el deporte está regido por políticos, y supeditado a las voluntades políticas. La historia así lo marca.

Los Juegos Olímpicos han sido la válvula de escape predilecta de ínfulas políticas. El máximo escenario, con las cámaras sobre él y los gobiernos en escrutinio; los deportistas, en varios casos, también son agentes de propaganda. La Guerra Fría se reflejó en el Olimpismo. Primero, Moscú ‘80 sufrió el boicot de 66 países, liderados por los Estados Unidos de Jimmy Carter, que condenaron la invasión soviética a Afganistán. La venganza de la Unión de Gorbachov fue instantánea: 18 naciones, incluida la URSS, declinaron desfilar en el Memorial Coliseum. Los Juegos cuyo propósito es salvaguardar la paz y la igualdad entre las naciones, cercenados por el duelo de vencidas que tensó al mundo durante más de 40 años.

La dialéctica comunismo-capitalismo no fue el único factor político que marcó con fuego a los Juegos Olímpicos. La indiscreción de Nueva Zelanda al acceder a disputar un partido de rugby ante la Sudáfrica del apartheid, vetada y aislada por la comunidad internacional por sus políticas de segregación racial, motivó un boicot de 35 países africanos, a los que se añadieron la retirada de El Salvador, Iraq, la República de China y Zaire. Senegal y Costa de Marfil fueron las únicas naciones con Comités Olímpicos reconocidos que participaron en los Juegos canadienses.

En otras ocasiones, la flama olímpica ardió mientras un conflicto bélico entre dos Estados se libraba. Mientras Li Ning, suspendido sobre ‘El Nido de Pájaros’, surcaba los cielos pekineses con la antorcha en mano, las tropas de Dmitri Medvédev desfilaban en auxilio del territorio separatista georgiano Osetia del Sur. Una violación en flagrancia al concepto de la ‘Tregua Olímpica’. El conflicto, derivado de un vetusto enfrentamiento nacionalista que data desde la constitución de la Unión Soviética, resonó en la arena olímpica cuando las tiradoras Natalia Paderina y Nino Salukvadze subieron abrazadas al podio para recibir sus medallas de plata y bronce. Pierre de Coubertin volvió a sonreír.

Más allá de los Juegos Olímpicos, la tensión política entre dos Estados también ha explotado en otros platós. La crisis ruso-ucraniana – las manifestaciones del Euromaidán que reclamaban la dimisión del presidente de Ucrania, Víktor Yanukóvich; la anexión rusa del territorio ucraniano de Crimea; y la guerra civil en el Donbass entre el Ejército del nuevo gobierno de Ucrania y tropas separatistas pro-rusas – causaron que la UEFA prohibiera los enfrentamientos entre equipos de ambos países en cualquiera de sus competencias oficiales. La irresoluble angustia entre Pakistán y la India – Cachemira, terrorismo, hinduismo-islamismo -, que ha desatado al menos tres guerras entre ambos, ha sido amainada por el cricket. El ejemplo más reciente se remonta a 2011, cuando el primer ministro indio Manmohan Singh, invitó a su homólogo pakistaní, Yousuf Raza Gilani, para presenciar un encuentro amistoso entre sus respectivas selecciones.

El deporte tampoco escapa a los conflictos religiosos. En enero de 2016, los clubes de Arabia Saudita Al-Ahli, Al-Hilal, Al-Ittihad y Al-Nasr pidieron a la Confederación Asiática de Fútbol que sus duelos contra clubes iraníes en la Liga de Campeones fueran reubicados a una sede neutral. El motivo: el incendio, causado por manifestantes, de la embajada saudí en Teherán, la capital iraní. La crisis detonó cuando el reino, de mayoría suní (una de las dos ramas del islamismo) ordenó la ejecución de Nimr al Nimr, un clérigo chií, opositor al régimen, acusado de “terrorismo” y “sedición”. Irán, país mayoritariamente chií, reprobó la decisión del gobierno de Arabia pero la olla ya estaba expuesta al fuego. Al incendio de la embajada le siguió la cancelación de las relaciones bilaterales entre ambos países. Un contexto enrarecido abrazó los partidos de Liga de Campeones entre los clubes de ambos países, al grado que la prensa saudí alertó “terrorismo iraní en sus estadios de fútbol”.

Deporte, política y crisis. Una simbiosis sin fin. La historia así lo marca.

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