Entre el dinero y el juego

Ciudad de México

El fútbol es un negocio, uno multimillonario que rueda alrededor del mundo y que con el paso de los años crece exponencialmente. Como cualquier crecimiento, este no puede ser parejo; no es igual y muchas veces no es necesariamente justo.

El dinero en el fútbol es importante, es imprescindible, pero no puede estar por encima del juego. Partiendo de este principio, en 2011 la UEFA instauró el Fair Play financiero, que consiste, básicamente, en fiscalizar a los clubes para que no gasten más de lo que ingresan, en aras de preservar su economía. El año pasado, la reunión de la Asociación de Clubes Europeos estableció que los equipos no pueden gastar más de 100 millones de euros por encima de lo que ingresen. Cabe aclarar que esta ley afecta únicamente a los clubes que estén clasificados para competiciones UEFA, es decir Champions League y Europa League.

Tras el gasto y las deudas que generaron algunos clubes en la primera década del nuevo siglo, la medida tomada por la UEFA no solo es lógica, sino que necesaria; de no ser así no sólo hablamos de la desaparición o bancarrota de un club, sino del propio fútbol que, como dije en un principio, es un negocio.

Con esta medida parece que se quiere cuidar los intereses de la élite, que en principio es quien sustenta el deporte financieramente. Por ejemplo: los ingresos que genera el Real Madrid no son ni cercanos a los del APOEL, quien solo se vería afectado porque sus gastos tendrían que ser proporcionales a sus bajos ingresos. ¿Tiene sentido un juego entre un plantel de 500 millones de euros contra uno de 50 millones? Incluso partiendo del hecho que el fútbol no es solo dinero, también es estrategia, suerte e injusticia. Las probabilidades de que se dé la historia de David y Goliat cada vez resulta menos frecuente. Si no hay emoción, no hay futbol.

Esta necesidad de compra/venta de jugadores a mansalva, de pensar que en lo nuevo está el éxito, de renovar lo que no se ha desgastado, esta acabando con el futbol. El consumismo que vivimos actualmente está traducido al campo de juego. Las comisiones que reciben los promotores por colocar a sus futbolistas en los equipos, cueste lo que cueste; la ausencia de planes a largo plazo, el no necesitar nada y querer tener todo a cualquier precio. El Fair Play financiero no permite que los clubes pequeños crezcan.

De ahí las raíces del caso del Manchester City, que podría culminar con dos años exiliado de las competencias UEFA y con una multa de 30 millones de euros (lo que es una reincidencia para el club inglés, que ya había recibido una sanción económica por la misma situación en 2014). La investigación de la UEFA descubrió que City exageró ingresos entre 2012 y 2016 y, con ello, incumplió el Fair Play financiero. El caso sigue en el aire. El equipo pelea con todo para reducir la sanción, que también podría tener consecuencias en su participación en la Premier League.

El futbol vende pasión y esa no se consigue necesariamente en el mercado de fichajes. El Fair Play financiero nace de un buen principio que busca salvaguardar la integridad del juego, pero, en la práctica, podría salir caro por la polarización entre clubes. Esa es la gran disputa actual, ese es el partido que estamos jugando; entre el dinero y el juego.