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14 de febrero: el amor, Tinder y Enamorándonos

En este día del amor y la amistad, reflexionamos sobre Enamorándonos, uno de los programas más exitosos de la televisión mexicana en los últimos años.
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México
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Carmen Muñoz y Adrián Cué, conductores de la emisión Enamorándonos

Una payasita, algunos strippers de mediana edad con acento pampero, una influencer, dos hermanos cantantes de banda, una persona vestida con una botarga de pollo y otros personajes estrafalarios entran a un set de televisión buscando el amor. Esta premisa bien podría parecer la introducción de un chiste de cantina, pero no, en realidad este es el argumento principal sobre el que se constituye Enamorándonos, un Tinder viviente producido por TV Azteca que es promocionado como “el programa más visto de las tardes” por Carmen y Adrián, sus esculturales conductores.

En un primer acercamiento, Enamorándonos se sugiere solamente como un programa de citas reminiscente de 12 corazones, de Telemundo — uno de los talk shows más exitosos de la década pasada — . La dinámica es más bien la misma: hombres y mujeres de distintas edades y contextos socioculturales buscan al amor de su vida, un ligue efímero o simplemente tiempo de exposición en la pantalla para después lanzar su carrera como youtubers. Pero en las entrañas del fenómeno podría haber algo más.

De acuerdo con un reporte presentado en julio por Nielsen Ibope, este programa tiene un alcance promedio de 1.6 millones de personas. Este hito televisivo solamente es superado en ratings del horario vespertino por La Rosa de Guadalupe, serial producido por Televisa, que casi duplica sus números. ¿Qué es lo que los televidentes ven en Enamorándonos? Quizás su propio reflejo o una fantasía accesible en la que quisieran reflejarse. El sol sale para todos: siempre hay un roto para un descosido.

Enamorándonos, tan parecido al amor del diario

Las reglas del programa son sencillas de entender. Los participantes están divididos en dos grupos: los “amorosos” y los “flechados”. Los primeros son personas de a pie que aparecen como talento de planta de lunes a viernes — y en programas temáticos que se transmiten algunos fines de semana — . Los flechados, por su parte, tienen presentaciones itinerantes, que solamente se extienden en caso de que su interés romántico acepte una cita con ellos después de charlar — a ciegas — a través de un muro.

Para convencer a su objetivo amoroso, los flechados se valen de sus mejores pasos de baile — generalmente a ritmo de reguetón—, descubren sus cuerpos, presumen sus músculos, cuentan chistes o exponen a los cuatro vientos los buenos — aseguran ellos — que son sus sentimientos por una persona a la que solamente han visto a través de la tele. Tan parecido a cualquier otro intento de conquista, pues.

Los amorosos, aconsejados por sus compañeros de panel, un sexólogo, una señora que habla con los muertos y una tarotista que es capaz de leer la suerte y compatibilidad de la posible pareja tras echarle un vistazo a los glúteos del solicitante de amor, deciden si les interesa conocer la identidad de la persona que está detrás de la barrera y, después de una inspección más minuciosa, comunican si les apetece o no salir con ella. Hay un tema musical pegajosísimo para cualquiera que sea el desenlace del portal: cita, bateada o plantada.

¿Por qué a los mexicanos nos gusta tanto Enamorándonos?

A diferencia de los participantes de 12 Corazones, no todos los amorosos y flechados son necesariamente aspirantes a modelos, actores o grandes cimas de la belleza. La paleta de posibilidades en el foro de Enamorándonos es muy nutrida y diversa. Por algún momento hace recordar a Total Rickall, ese capítulo de Rick and Morty en el que aparecen un samurái con una armadura hecha de jamón, un unicornio felpudo y de ojos saltones, un mayordomo británico, un lápiz parlanchín, un pollo gigante y hasta el monstruo de Frankenstein. El programa de TV Azteca arrejunta a personas y personajes de casi todos los orígenes, edades y sabores.

En algunas emisiones, incluso, han dedicado un segmento al amor perruno.
El programa, como el amor mismo, no está exento de polémica. Algunos de sus miembros — elevados a la estatura de celebridades televisivas — han copado las portadas de los tabloides y las revistas de espectáculos por escándalos pornográficos, rumores referentes a su orientación sexual y, principalmente, la sospecha de que todo lo expuesto en el show no es más que una farsa. Una coreografía en los vaivenes de un corazón cacarizo.

A raíz de estos señalamientos, Enamorándonos muestra una nota aclaratoria corrediza a principio de cada emisión. Esta reza: “serie en vivo sobre asuntos de pareja y relaciones interpersonales”. En pocas palabras, lo que el público ve, con lo que se emociona, fantasea o suspira, es falso. El amor que se muestra en Enamorándonos es preconfigurado; fugaz, en el mejor de los casos. El compromiso, los rompimientos, los celos, las bodas y las ci-ci-citas son fantasmas de alguien que no existió.

El amor es falso, como que dice el disclaimer que se muestra a principio de cada programa. Pero a millón y medio de personas no les importa dicha proclama y continúan sintonizando a diario. En un cuento incluido en Un hombre sin cabeza, uno de los personajes del escritor israelí Etgar Keret asegura que hay un beso posible entre todas las parejas posibles del mundo. Los elevados ratings del “programa más de las tardes” podrían explicarse en los labios de quienes se aferran a esa posibilidad.