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INTERNACIONAL

La historia de Hakeem Al-Araibi, el futbolista bareiní refugiado

Hakeem Al Araibi, jugador bahreiní de fútbol, detenido en Tailandia

ATHIT PERAWONGMETHA

REUTERS

Al-Araibi fue detenido el 27 de noviembre de 2018 en Tailandia, a donde había viajado junto a su esposa para su luna de miel. Se le acusa de vandalizar una estación de policía.

La pesadilla de Hakeem Al-Araibi ha terminado. El futbolista, nacido en Baréin y con 25 años de edad, fue puesto en libertad por las autoridades tailandesas, que lo habían detenido en noviembre de 2018 a petición de su nación natal, que había pedido su extradición para juzgarlo por vandalismo. El caso dio un vuelco cuando Baréin retiró la solicitud, por lo cual Al-Araibi podrá regresar a Australia, nación en la que vive 2014 y que le concedió el estatus de refugiado en 2017. Su reclusión en Tailandia, a donde había viajado con su esposa para celebrar su luna de miel, fue condenada por diversas organizaciones civiles alrededor del planeta, como Human Right Watch y Amnistía Internacional. Hasta figuras internacionales, como Didier Drogba, exigieron su liberación.

Era 2012 y Al-Araibi jugaba para Al-Shabab, club de la Liga Premier de Bahréin. Sus aptitudes lo habían llevado a la Selección Sub 23 de su país. Sin embargo, el reino afrontaba tiempos convulsos. Los remanentes de la 'Primavera Árabe' aún resoplaban con fuerza, en protesta por la ausencia de derechos civiles y estándares democráticos en la nación regida por una monarquía suní. El tsunami que recorrió el Mundo Árabe, que depuso a los gobiernos de Túnez y Egipto e inició brutales revoluciones en Siria y Libia, llegó a Bahréin para golpear con su oleaje al sistema político liderado por el rey Hamad bin Isa Al Jalifa. La Plaza de Perla de Manama se convirtió en el cuartel de los manifestantes y en el corazón de las protestas. Un régimen suní, amenazado por la población chií. Al-Araibi se mostró favorable a las protestas y se sumó a las críticas contra el régimen. La represión gubernamental llegó al fútbol, no obstante. Al-Shabab fue disuelto por la Federación de Bahreín, por considerarla un "foco de agitación chíi", según un reportaje de James Montague publicado en la revista The Blizzard. Por más de un año, no hubo fútbol en Al-Shabab. Cuando se reactivó el equipo, en 2012, la amenaza se cernió sobre Al-Araibi mismo.

El 7 de noviembre de 2012, el jugador fue detenido por las fuerzas de seguridad bareiníes, con cargos de vandalismo. Según el expediente, el futbolista participó en la quema de una comisaría de policía con cocteles Molotov. Sin embargo, Al-Araibi arguyó que, a la misma hora de los incidentes, estaba disputando un partido de fútbol; su presencia, de hecho, era fácilmente comprobable, pues el encuentro fue televisado a nivel nacional. Las autoridades hicieron caso omiso, atendieron a una supuesta confesión hecha por su hermano Emad, también detenido (habría asegurado que los disturbios ocurrieron 40 minutos después del partido) y Al-Araibi permaneció bajo arresto durante 45 días, en los que fue sometido a torturas y amenazas. "Me decían que me iban a quebrar las piernas, que iban a romper mi futuro y jamás volverá a jugar otra vez", reveló a la televisora alemana ARD.

Exilio en Australia

Ya liberado, el defensa central se integró a la comitiva nacional que disputaría el West Asian Football Federation Championship, en Catar, en los primeros días de 2013. En realidad, Al-Araibi aprovechó la excursión para desertar. Primero, huyó a Irán, después a Malasia, luego a Tailandia hasta llegar a Australia, país en el que se estableció como futbolista amateur en Melbourne, con los colores del modesto Green Gully de la National Premier League de Victoria. Después, militó en Goulburn Valley Suns, Preston Lions y, actualmente, se encuentra en las filas del Pascoe Vale. En 2017, el gobierno australiano oficializó su estatus de 'refugiado', lo que le permite viajar libremente con documentación y con protección estatal. Durante su exilio, acusó al jeque Al-Khalifa, que entonces buscaba la presidencia de FIFA (2016), de haber contribuido a la represión durante la Primavera Bahrení, focalizado, especialmente, en acallar a atletas inconformes con el régimen monárquico. Al-Khalifa perdió la elección con el actual mandatario de FIFA, Gianni Infantino, pero mantiene su cargo como presidente de la AFC (Confederación Asiática de Fútbol).

Hasta que llegó el 27 de noviembre. La Interpol giró una orden de captura pedida por Bahréin que acató la policía tailandesa, que aguardó a Al-Araibi en el aeropuerto Suvarnabhumi de Bangkok. El pasado 4 de febrero, el futbolista apareció en una corte tailandesa, esposado de los pies, desaliñado, vestido de rosa y flanqueado por dos oficiales impasibles; la fiscalía le concedió 60 días para armar su defensa legal, eso sí, aún tras las rejas, sin libertad condicional. La ola de voces que pedían su liberación comenzó a crecer: la Federación de Fútbol de Australia, el gobierno Australiano, Amnistía Internacional, Didier Drogba, Jamie Vardy, la Confederación Asiática, la FIFA. Finalmente, su liberación fue anunciada por el primer ministro australiano, Scott Morrison: “Hakeem Al-Araibi ha salido de la cárcel. Está de camino al aeropuerto”. Bahréin desestimó los cargos. La FIFA también se congratuló por la exoneración: "Es el resultado de haber trabajado juntos con una coalición de organizaciones de defensa de derechos humanos, gobiernos y la comunidad del fútbol a través de los últimos meses". El deseo final de FIFA en su mensaje oficial es elocuente: "Esperamos que Hakeem regrese a casa a salvo con su familia y que pueda retomar su carrera futbolística pronto". 70 días después, Hakeem Al-Araibi podrá jugar al fútbol otra vez.

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