De la piel de elefante a la piel fina

La Selección sigue donde estaba después del Mundial de Rusia. Mezcla buenas promesas con actuaciones irregulares. Es un equipo sin definir que se prepara para cerrar definitivamente la etapa anterior y atacar un duro desafío: la participación en la próxima Eurocopa. No se saben sus rivales en la ronda de clasificación, pero nadie diría que España tiene el objetivo garantizado, algo impensable en los últimos años, cuando la Selección acudía invariablemente a los grandes torneos con una trayectoria casi inmaculada durante la fase clasificatoria.

Las últimas decepciones y el definitivo cambio general empujan a la duda. España siempre tendrá un buen equipo, pero eso ya no es suficiente. Todo le cuesta más a la Selección y en ocasiones parece demasiado vulnerable, con pocos recursos para sostenerse con firmeza en los partidos. La última Liga de las Naciones, un torneo que mejora significativamente la anterior situación de amistosos sin interés, no mejora, ni tampoco empeora, el diagnóstico del equipo que salió eliminado del Mundial en segunda ronda.

Dos buenos partidos –los iniciales con Inglaterra y Croacia– no impidieron observar los problemas de España, con los ingleses en los últimos 10 minutos y con los croatas en los primeros 20. Desde ahí, las sombras han sido más notorias que las luces. La Selección ha averiguado que tiene más problemas de los que se sospechaban, fundamentalmente porque afectan a todas las líneas. Hay sospechas en la portería, defensa, centro del campo y delantera.

La situación es preocupante, pero no desesperada. El grado medio de los jugadores es satisfactorio. Por desgracia, se acabaron los tiempos en que los futbolistas españoles marcaban diferencias con los demás. Los sucesores de Casillas, Xavi, Iniesta, Villa y compañía no han estado a la altura de las expectativas. O no son tanto como parecían, o se han sentido intimidados por sus fenomenales predecesores.

España no disputará la fase final de la Liga de las Naciones, una pequeña decepción para un equipo que parecía destinado a alcanzarla sin el menor problema. Es un síntoma del vulnerable estado del equipo. Antes tenía la piel de elefante, ahora es un equipo de piel fina. A veces se advierte un problema de inmadurez, por raro que parezca en unos futbolísticas curtidos en mil batalles internacionales desde niños.

Morata, delantero de grandes condiciones, se enredó frente a Bosnia en una batalla infantil con el árbitro. Se quejó por todo, protestó y se evadió tanto del partido que perdió un par de sencillísimas ocasiones para marcar. Morata perdió la batalla con el árbitro y quizá con Luis Enrique, que le retiró del partido con toda la razón del mundo. Esta inmadurez también se aprecia en un viejo latiguillo que parecía olvidado en la Selección: cada vez son más los jugadores que señalan a los periodistas como causantes de sus problemas. Es un mal síntoma que sólo sirve para no asumir responsabilidad y desviarlas al maestro armero.

Aunque el último partido era estrictamente amistoso, también sirvió para que Luis Enrique ampliara el espectro de su búsqueda. En otro momento probablemente hubiera actuado la segunda unidad de la Selección, suplentes con una amplio historial de servicios al equipo. Frente a Bosnia, y a la vista de los partidos anteriores, Luis Enrique prefirió tirar de novedades: Llorente, Hermoso, Fornals o Brais Méndez, además de Arrizabalaga, Jonny, Gayà o Suso, que apenas han jugado. Hace bien Luis Enrique en buscar un poco más lejos. La Selección necesita encontrar y ofrecer algo más de lo que le ha caracterizado en los últimos tiempos.

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