Tercer tiempo

Pasión del juego

El fútbol es un juego que encanta a los niños y que a los veteranos, como este mismo cronista, mantienen alerta. Antes pasaba los domingos por la tarde, cuando sonaban los balones como obuses de una guerra de juguete. Luego el fútbol se ha ido adueñando del tiempo de nuestras vidas, y ya hay fútbol cualquier día y a cualquier hora. Cuando era un muchacho, mi alegría se reducía bastante a la perspectiva de los partidos, que escuchaba por la radio o que veía en los humildes estadios del pueblo. Este juego sigue siendo una pasión, casi dos horas, o muchas horas, deseando un resultado. Ahora nada es lo mismo.

El oficio de jugar

Ahora el fútbol del campo (y del palco) es un oficio, no es exactamente un juego. Son profesionales aquellos ídolos que nos gustan, y se comportan como tales; entonces lo eran también, pero había en ellos una dedicación, un esfuerzo, que quizá les atribuíamos nosotros, porque entonces el fútbol no se relacionaba tanto ni con el dinero ni con los intermediarios. Escuchabas hablar de Ben Barek o de Puskas o de Kubala o de Garay y te parecía que eran héroes de carne y hueso que se asemejaban a los protagonistas de El capitán Trueno. Jugaban como nosotros en los campitos, por amor al arte. Ya nada es igual.

Ronaldo, el ejemplo

Me refiero a Ronaldo el brasileño, no al Ronaldo que añoran (algunos) madridistas, el portugués que ahora al fin golea en la Juventus. Carrusel le dedicó un bello recuerdo el sábado, antes de que jugaran sus sucesores madridistas en el campo del Alavés. Aquel Ronaldo, que luego ha comprado el Valladolid, había debutado como madridista precisamente ante el Alavés hace muchos años, viniendo del Barça. Llegó convencido de que el Madrid era el club de su vida, y en ese equipo fue un héroe de muchos chicos que quisieron ser como él. Una estrella civil, un jugador de cuerpo entero.

El esfuerzo de jugar

A Alfredo Relaño, el director de As, le cogió de improviso eso que iban diciendo en la SER sobre aquel al que llaman el gordito. Creyó que le había pasado algo; cuando lo sacaron de dudas, explicó Alfredo lo que sucedía en aquellos tiempos en que el fútbol parecía un juego siempre y nunca un oficio. Y citó a aquel Ronaldo como el exponente, como Puskas o como Di Stéfano, de ese amor carnal al fútbol como juego, esa pasión de jugar. Entraban al campo a comerse el mundo. Me sentí identificado, como aficionado viejo: los ídolos eran la esperanza semanal de nuestras vidas. Ya nada es igual, como decían Los Brincos.

La costumbre

Lo cierto es que ahora esos profesionales tienden a acostumbrarse, y eso es fatal para el juego. Que es ya un oficio y, para ellos, no es un juego. Los jugadores llegan a los campos en helicóptero, no se mezclan con las aficionados ni parecen ellos mismos aficionados: van a su lugar de trabajo con una desgana que luego se troca en un entusiasmo que dura 90 minutos. Tantas veces es así, que los aficionados se revuelven sin ganas. Me lo decía José Luis Caballero, taxista, mientras el Madrid (“Soy José, forofo del Madrid”, dice el escudo que lleva en su salpicadero) se debatía sin fortuna en Mendizorroza.

La esperanza

Le dije a José Luis que tuviera esperanza, y le recité esos versos de un gran poeta de mi tierra. Cuando dejé su taxi aún iban cero a cero. Le conté lo que había pasado con Ronaldo Nazario en la SER. Y estuvimos hablando de la actitud de futbolistas que se distraen y ya no sienten que de ellos depende, al menos, las ganas de seguir amando el fútbol de tantos que, como José Luis, quisieran ver en la cancha lo que antes se llamó pundonor. Habrá más esperanza, le dije, como por otros motivos le dije a otro atento lector de As, Antonio Guilabert, de Elche. La esperanza y el fútbol juegan juntos.

La frase

“Comprendo entonces que hay que buscarse una esperanza para seguir viviendo”.

José Luis Pernas, poeta