COLOR - MÉXICO VS ESTADOS UNIDOS

Johnny Cash, Broadway y el sonido Nashville

El partido del martes en la capital de Tennessee, nuevo capítulo de la rivalidad futbolística México-USA, se jugará a metros de uno de los corazones de la música estadounidense.

Nashville
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Nashville
Eduardo López - AS México

La voz profunda de Johnny Cash resuena al girar sobre 'Legends Corner' (la esquina de las leyendas): la intersección entre la 4th Avenue y Broadway. No es Nueva York, pero las luces neón refulgen. "I hear the train a comin' / It's rollin' 'rond he bend"; el guitarrazo limpio y el batacazo seco escapan del 'Legends Corner, Live Music'. La fachada, como un gran aparador en el que la mercancía a exhibir es la banda, que se entrega a un público de apenas un par de cientos, mientras dan la espalda a los transeúntes. Suena el country, espaldas vemos. El desfile por Broadway es una sucesión de mundillos despreocupados que canturrean desde Lady Antebellum hasta Taylor Swift con el vaso de alcohol a medio derramar.

El Broadway de Nashville es guitarras delineadas en neón, el olor de la salsa barbacoa, Honky Tonk, botas de cuero con flecos a los costados, un doble de Trump que posa junto a un doble de Kim Jong-un, carruajes híbrido bar-multibicicleta: una barra habilitada como vehículo, con bicicletas armadas a cada costado, cuyos ocupantes se encargan de accionar mientras pedalean y se les dota de alcohol a mansalva; mientras más rápido sean capaces de andar, más bebida. Y más guitarras en neón. Un Elvis tamaño escala, con las rodillas encontadas hacia dentro y los brazos señalándote, como si hubiera sido petrificado en pleno meneo de cadera, da la bienvenida al corazón del country.

"La fiesta no para aquí. Es muy divertido por las noches", recomienda Julie, cabello ocre, ojos dulzones y una cicatriz en la columna alta. Pero advierte: "Hay que tener cuidado de estar por aquí muy noche. El crimen ha subido en los últimos meses. Dicen que estamos como en Detroit. ¡Cómo en Detroit! No puedo creerlo". Será por el tufo a hierba que aromatiza cada esquina, o la señora de cincuenta-y-muchos que, con los ojos cerrados, y las uñas clavadas sobre la pared de ladrillos, cree que entrar al Acme Feed & Seed es dar un paso a otra dimensión. Parece que sí lo es. El edificio, por su fachada blanca despintada, parece formar un vórtice hacia otra época en pleno Siglo XXI: 60 años atrás, al menos. En el interior, la banda protagonista toca a Creedence. Al virar sobre la glorieta que da fin a la avenida, casi diseñada como una guitarra, el Nissan Stadium se asoma al otro lado del río Cumberland. El México-Estados Unidos estará sonorizado por Johnny Cash. No queda más que volver sobre la tapa de la lira, y subir de nuevo por los trastes hasta el mástil de la calle, en procesión involuntaria con las hordas de damas de honor que guían las decenas de despedidas de soltera que suceden paralelas.

Caminar por Broadway también es una sucesión de melodías polimorfas, un bellísimo caos cacofónico, una sinfonía de guitarrazos en avalancha. El sonido Nashville. De Johnny Cash, a los Stones. La banda del Broadway Brewhouse interpreta 'Honky Tonk Women', de Jagger y Richards, compuesta a miles de kilómetros de Nashville, en Londres. El Redneck Riviera revienta con los acordes de Back In Black, de AC/DC. En la esquina de la 2nd Avenue, una trompeta solitaria, un hombre en traje gris y sombrero de copa, entona la introducción de Star Wars. En el polo opuesto de la calle, una chica rubia danza sobre un tablón, hace resonar los tacones sobre la madera, zapatadeado violento, cadencioso, mientras aporrea el violín con maestría. El arco danza sobre los trastes y la melodía zigzagueante, campirana, encadila a los peatones. El sonido Nashville.

Entre tiendas de botas de cowboy, bolsas de cuero garigoleadas y bordadas con estoperoles, playeras estampadas con la célebre imagen de Johnny Cash y su dedo medio; sombreros de vaquero, con los bordes semicurvos; está el Crazy Town, como entrar en una cabaña de una carretera sureña, letreros de cerveza en neón, las sillas de madera arañadas y sus patas a medio talar, la cerveza sabor menta, la penumbra definida por el neón. Samuel, en los baños, ofrece cicles y asistencia médica a los intoxicados. "Bienvenido a Music City, hermano". La banda, magnífica, mezcla el blues y el country. El bajista, ensimisado. El vocalista se pasea con la bandeja de las propinas de a dólar; el guitarrista, absorto, hace llorar a la guitarra como el mejor blusero y el baterista, sobrio, inexpresivo, improvisa sin perder el tempo. "¿Red Rag Top? (Tim McGraw) Hmmmm, no lo sé. Es dificil", discute el vocalista una petición del público. Revisa su tableta. Pero la tocan. En la Ciudad de la Música todo suena bien.