Todo estaba bastante controlado

Acalambrados los músculos por el frío. Impedidos por mil batallas desde las campanadas de Nochevieja. No era día para el fútbol. Se impuso otra lógica. La del alma. Así defendió el Leganés en Getafe. Con el alma. No perdió nunca la compostura en un derbi incómodo. Incrustado con calzador en medio de un calendario de dulce cansancio. Entre dos partidos de semifinales de Copa que representan, para este equipo de leyenda, las dos citas más relevantes de la temporada. Aunque visto su aguante para la epopeya, no sería descabellado imaginar que le quede otra más. La final. En el Wanda Metropolitano. A 20 kilómetros de Butarque. Pero antes hay que combatir en Sevilla. Y antes de eso, llegó el partido contra el vecino de toda la vida.

Siete kilómetros separan su estadio del Coliseum. La distancia competitiva se antojaba ayer más grande. Abisal. Todo por el riesgo de dejarse llevar ante la pecaminosa tentación de la lujuria copera. Lo del miércoles será de triple X. Incluso el once de Garitano parecía construido para soportar la batalla del Pizjuán. No pasó nada de eso.

El riesgo a sufrir una humillación como la del próximo enemigo en Eibar se desvaneció con el avanzar de los minutos. Al Leganés le sale de dentro competir. Batalla como respira. Sin querer. Una inercia que mantuvo aun cuando la fina lluvia se transformó en copazos de nieve. Como el asedio del Getafe. De caricias a cañonazos. Ayudado por los palos se sacudió el Lega el temporal y a otra cosa. “¿Por qué apenas salió del banquillo en la segunda mitad?”, le cuestionaron luego a Garitano. “Porque no me daba la voz y porque estaba todo bastante controlado”, respondió a media sonrisa puesta. Como su Lega. Todo bastante controlado.