Clinton Portis: pistolas, bancarrota y conmociones

Washington Redskins

Clinton Portis: pistolas, bancarrota y conmociones

Clinton Portis: pistolas, bancarrota y conmociones

La vida "civil" del que fuera running back de los Washington Redskins se ha deslizado en más de una ocasión por la pendiente de la tragedia.
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Es bastante común que deportistas profesionales no sepan encontrar su camino en la vida una vez que acaba su periplo bajo los focos. Lo es porque comienzan casi de adolescentes a ser el centro de atención, héroes modernos, y a ganar enormes cantidades de dinero. Es una mezcla que tiende a la catástrofe en las personas menos preparadas. O menos conscientes de su propio mortalidad. Eso abunda aún más en Estados Unidos. Y dentro de ese país, con mayor cantidad de casos en la NFL. Lo que ya no es tan común es que algunas de esas estrellas acaben deslizándose por la pendiente de la tragedia. Uno de ellos es Clinton Portis.

Sports Illustrated acaba de publicar un extraordinario artículo al respecto de la vida del que fuera running back de los Washington Redskins tras su retirada, y no tiene desperdicio.

Portis nunca fue de los más prudentes. Ya en la universidad de Miami era una estrella y, viniendo de un inicio muy humilde, tuvo claro que su objetivo era comprarle a su madre una casa y un Jaguar. Por ahí empezaría, pero tenía claro que su dinero le iba a servir para vivir a todo tren.

Empezó su carrera profesional en los Denver Broncos, pero consiguió su gran contrato en los Washington Redskins. En esta franquicia, de la que fue santo y seña en sus mejores años, alcanzó más de 50 millones de dólares, en su día el contrato más importante jamás firmado por un running back.

Su estilo de vida no era, digamos, sostenible a largo plazo, pero todo empeoró el 27 de noviembre del año 2007. Aquel día falleció Sean Taylor, uno de sus mejores amigos en la NFL. El extraordinario safety recibió una bala cuando unos ladrones asaltaron su casa y perdió la vida. Portis se hundió. No se refugió en las drogas y en el alcohol, pero sí en las mujeres y en viajes vacíos que le dejaban aún más hundido, aún más solitario. El descontrol se apoderó de él.

Tras su retirada, por supuesto, los problemas económicos no hicieron sino empeorar. Pero, amén de por su estilo de vida, porque, también como tantos otros, dejó la gestión de su capital en manos de algunos expertos que no dudaron en jugar a la ruleta rusa con él. Y eso precipitó el momento más duro de todo el relato.

Cuando se quiso dar cuenta, Portis había perdido decenas de millones de dólares. Tenía cuatro hijos y varias ex mujeres a las que pasar pensión, amén de un número alto (en sus propias palabras) de mansiones que mantener, incluida la de su madre. El inversor al que consideró culpable, y lo era al menos en parte, fue desposeído de su título para ejercer como asesor tras llevar a la ruina a muchos clientes, pero no fue condenado ni a un día de cárcel. Eso enervó a Clinton.

Le llamó en repetidas ocasiones y no obtuvo respuesta. Así que cogió una pistola, se metió en su coche y le esperó a la salida de su oficina. Estuvo varios días durmiendo en el vehículo a la espera de encontrárselo. De haberlo hecho, confiesa el ex jugador, lo hubiera matado. No le habría dado una paliza. No le habría asustado. Le habría matado.

Por fortuna, en esos días estaba tan abatido, tan al borde de la depresión, que algunos amigos y su pareja consiguieron, vía teléfonica, hacerle entrar en razón. Ese fue el punto de inflexión que le hizo buscar ingresos a través de colaboraciones en medios de comunicación y retomar sus actividades caritativas con un par de fundaciones con las que colaboraba.

No le impidió ir a la bancarrota, tener que vender las mansiones, poner en riesgo incluso la de su madre, el gran amor de su vida que, al menos en el texto, deja claro que no quiere nada material y que sólo quiere ver bien a su hijo.

Ahora Clinton Portis ya sufre pérdidas de memoria puntuales y algún que otro episodio de despiste, más que probablemente producto de las conmociones que sufrió jugando al football, al menos diez según su relato. Eso le daría acceso hasta a cinco millones de dólares del fondo destinado por la NFL, tras proceso judicial, para ex jugadores. Aunque, por supuesto, no quiere ni un céntimo de ese fondo porque le aterran las consecuencias.

Una historia con un triste devenir, sin duda, y que merece ser leída con pausa.

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