Monchi, pegamento del 'Sevilla indestructible'

Monchi, pegamento del 'Sevilla indestructible'

"El tiempo va sobre el sueño hundido hasta los cabellos, ayer y mañana comen oscuras flores de duelo...". Monchi llegó de la Isla, como Camarón, y se marcha del Sevilla entre los sones más sentidos, los de la Leyenda del Tiempo, por mucho que perder algo tan grande provoque alguna arrancada de ira o incluso de pasotismo en los sevillistas más acérrimos. Monchi es indiscutible: cambió con su ojo clínico o sus negociaciones de funambulista el destino de un club que llevaba más de seis décadas sin levantar Plata alguna y lo convirtió en una referencia futbolística mundial. Como Di Stéfano con el Real Madrid, Cruyff con el Barcelona o Luis Aragonés en el Atlético. Una de las barras, o en su caso, uno de los santos que iluminan el escudo nervionense en su parte superior izquierda (San Isidoro, San Fernando y San Leandro): San Monchi campeón.

Monchi es mucho más que ese talento de fichador milagroso, Midas del fútbol que ha convertido en crack a tanto futbolista desconocido o cuesta abajo, que guarda en su currículum alrededor de 200 millones de euros en plusvalías. Monchi fue y ha sido el pegamento del Sevilla indestructible, concepto ideado por José María del Nido Benavente, en los momentos duros o menos buenos de estos últimos años de gloria casi ininterrumpida. Monchi ha enderezado, enmascarado y hasta ha puesto sordina a las excentricidades de las vedettes, que también las hubo (y hay) en el vestuario del Sevilla; Monchi orientó a entrenadores perdidos que luego han triunfado, con terapia de sofá y hasta con matizaciones de alineación en papelitos. Mejor obviar los nombres; él lo negará todo.

Monchi medió en marejadas institucionales entre clanes de accionistas cuando algunos amenazaron con desenterrar el hacha de guerra... Monchi, el sevillista, vigilará estos años desde las colinas de Roma y volverá algún día "a pintar el campo, si hace falta", entre palmas y canciones de gloria, que era como merecía y merece salir de Nervión. Porque los héroes y los santos, por muy inmortales que sean, también necesitan descansar de vez en cuando.

 

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