CRUZ AZUL VS QUERÉTARO

Rojas, Guerrón y Corona encaminan a la Máquina

El Cruz Azul venció a Querétaro con goles de los ecuatorianos y una gran actuación de su meta. Los celestes lograron su segunda victoria. Fierro había acercado a los queretanos.

Rojas, Guerrón y Corona encaminan a la Máquina
JAVIER RAMIREZ MEXSPORT

Hay victorias pirricas. También las hay medicinales. La del Cruz Azul ante los Gallos es de las del segundo orden. En realidad, a estas alturas, cualquier victoria de los celestes es sosiego, a tal grado que después de leer las crónicas sus interpretes tienden a perder toda proporción. Ante Querétaro triunfó una Máquina cada vez más esculpida a imagen y semejanza de Tomás Boy. Locomotora de vapor, sustentada en la fuerza de sus engranajes y el vigor de su pitido. Rojas y Guerrón como los maquinistas. Y Corona como el custodio de los vagones. Eso sí, los calificativos sólo aplicarán para reseñar el partido de hoy. Ninguna crónica pretende establecer juicios permanentes ni profecías. A la afición cruazulina: la mejor forma de sobrellevar el día a día, ya sabrán, es reflexionar el hoy y olvidarlo mañana. El devenir histórico del Cruz Azul ha llevado a una conclusión 'beatlemana': 'Tomorrow never knows". 

Los ensayos de Osuna y Sepúlveda y las averías de Noriega y Guerrón marcaron un primer tiempo escueto, sin apenas vida, hasta que Volpi salió a volar por la justicia y Joffre cabeceó el primer tanto de la tarde; su primero investido como esperanza celeste. A decir verdad, el tiro de esquina lanzado por Ariel Rojas no debería haber significado mayor afrenta para el Volpi que conocemos. Quizá hemos sido estafados, incluido Vucetich. Ese no era Volpi; era un impostor. Sus reiterados intentos de repetir su esperpento en la parte complementaria lo confirmarían. 

El partido se rompió en la segunda mitad. Uno de los encargado de ello fue Jorge Benítez, futbolista hiperrevolucionado, hiperactivo, hiperveloz, hiperagitado. Tiene casi todo, menos el respiro. Se atraganta cuando come, se ahoga cuando habla, se infarta cuando corre. El día que aprenda a disfrutar de la puesta de sol antes de patalear porque la noche aún no llega será el arma que la Máquina tanto ha necesitado en los últimos infaustos tiempos. Intentó vaselinas, fogonazos, recortes imposibles. Siempre 'a punto de'. En el otro extremo, los Gallos se amarraron navajas en las patas. Fierro, el más bravucón de todos, amenazó con rasgar los rieles. Un desborde suyo, con finta sobre la línea final incluida, terminó con un remate de cabeza de Sepúlveda embolsado por Corona. Luego intentó un remate con el parietal, también negado por el meta. Cuando los queretanos creían en el empate, Domínguez durmió la siesta, Vuoso le asaltó y cedió el botín a Joao Rojas, quien firmó el gasto. Disparo mordido, raso, inatajable, hasta para el auténtico Volpi. 

Cuando la Máquina transitaba tranquila, un forastero irrumpió en los vagones traseros. Era Fierro, cuya maniobra inspirada en Van Basten (pecho, media vuelta), sometió a Corona, el guardián inexpugnable de la retaguardia. Rápido le llegó la caballería. Villa desfundó el revólver, un fusil MP40, y jaló del gatillo; Corona, vuelo imperial, abortó la misión. Su heroica accionó echó a los invasores del viaje de la Máquina. ¿Hacia dónde se dirige? ¿Dónde termina el camino? Eso lo sabremos a su tiempo. Aún no.