55 años del Estadio Azteca: leyendas del 'templo mayor'
55 años del Estadio Azteca: leyendas del 'templo mayor'

55° ANIVERSARIO DEL ESTADIO AZTECA

55 años del Estadio Azteca: leyendas del 'templo mayor'

Para conmemorar el 55° aniversario de la catedral del fútbol mexicano, en AS tiramos de archivo y de memoria histórica para recontar las historias que forjaron su mito.

Oda al Estadio Azteca

El día que Diego Armando Maradona alzó aquella copa de hombres derretidos en oro macizo, la asunción de su cuerpo y su alma a la inmortalidad fue bendecida por el panteón azteca. Huitzilopochtli, con jurisdicción en el empobrecido barrio de Santa Úrsula, aceptó gustoso la consagración de un Ícaro bonaerense que aún tendría muchas caídas que sortear. Era un México en escombros, maquillado en polvo y sangre, de varillas torcidas y fuegos incontenibles. Era el México grisáceo, deprimido, cuyo peso fluctuaba en las turbulentas alturas de la inflación, cuyos vaivenes en las bolsas de cambio empobrecían cada día más al ciudadano de a pie; el México que se difuminaba tras la persiana de Televisa, el que había dejado de reírse cuando se reconocía frente al espejo. 16 años atrás, Pelé también fue ungido mientras Quetzalcóatl, serpiente emplumada, rodeaba su cuerpo semidesnudo en ascenso al firmamento. En Santa Úrsula, reza la leyenda, anidó todo el fuego que escupió el volcán Xitle. Del sedimento, piedra caliza y montones de granito, surgió el Coloso.

Una de las postales clásicas del Estadio Azteca, tomada durante el partido inaugural del Mundial México '86 entre Italia y Bulgaria
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Una de las postales clásicas del Estadio Azteca, tomada durante el partido inaugural del Mundial México '86 entre Italia y Bulgaria

Dominante del sur de la esquizofrénica Ciudad de México, el Coloso de Santa Úrsula tiene la majestad de un volcán en reposo. En su explanada reposa un sol rojizo, una enana roja en nacimiento. Gigante de mil patas de concreto y una coraza abierta, domo volcánico, iluminada para las noches de gala, las noches de lava y ceniza. El Azteca es la medida de todas las cosas y en él caben todos los sueños. Los de un país que seca sus lágrimas cuando se da cita en él. Su grandiosidad es el cobijo mexicano ante el desasosiego. Juan Pablo II lo supo y su homilía en 1999 expió al país de sus pecados y sus traumas.

El Estadio Azteca es inmenso porque inmensos son sus recuerdos. Es el gol de Arlindo, que rompió el listón, y los lamentos de Pereda por el bronce perdido ante Japón en los Juegos Olímpicos 1968. Es el silencio de Tlatelolco. El desfile, dos años después, de 16 naciones bajo la mirada torva y la sonrisa de Gustavo Díaz Ordaz sostenida con ganchos, quien no pudo enjuagar la sangre de sus manos en esa magnífica pila de concreto. Es el frenesí en guinda que desató el penal de "El Halcón" Peña contra Bélgica. Es el brazo pegado al pecho de Beckenbauer, casi palpándose el corazón mientras maltrecho sostenía al de la 'Mannschaft'; la súplica de Schnellinger, el tiro cruzado de Riva, los cojones de Müller, el partido de todos los tiempos. Es el balón al piso, artesanía y jolgorio, la 'alegria do povo' del Brasil de Mario Zagallo: el colosal salto de Pelé, la cadencia de Tostao, la salva fulminante de Carlos Alberto después de una sinfonía, la más hermosa de todas. Es la magia de Reinoso y Borja con el América; el arte de Bustos, Guzmán, Quintano, Muciño con la 'Máquina Azul'; el señor-gol (parte I) de Hugo Sánchez a La Volpe; la suave atajada de Miguel Ángel Zelada en el único América-Chivas que llegó a final. El rugir, el estrépito, la apoteosis.

Seis detalles que hacen al Azteca un estadio único en el mundo
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Seis detalles que hacen al Azteca un estadio único en el mundo

Y es el cabezazo de Quirarte que alivió a un país enterrado en escombros y llanto. Los abucheos que sepultaron al presidente Miguel de la Madrid en una inauguración aderezada con mariachi, colorines y lamentos. El enternecedor tijeretazo de Manuel Negrete, una primera encarnación escenificada del 'sí se puede' (que no se pudo, al final). Es el poema épico, con acento porteño, que recitó Maradona: molinete, caricia hacia dentro, caricia hacia fuera, fantasía, ilusionismo, barrilete cósmico. Es un brazo extendido hacia la farsa y la inmortalidad; el gol que jamás debió contar y el gol que jamás habremos de olvidar. El Azteca es el brutal cambio de ritmo para destrozar a Pfaff: de sonatina a un golpeteo demencial sobre las teclas de marfil. Es la resurrección teutona, calcinada por el medio día 'chilango' y un acorde maradoniano, el pase preciso para la cabalgata eterna de Burruchaga.

Y el Azteca es el jarabe tapatío de Cuauhtémoc Blanco. La irrisoria pifia de Kalusha con las puertas del Palacio Nacional abiertas de par en par. El tiro raso de Giovanni Casillas para sellar un campeonato mundial entre la algarabía de un país que, hasta ahora, se ha conformado con que sus cadetes cumplan los anhelos que sus comandantes encuentran imposibles. El milagro encarnado en la silueta contorsionada de Moisés Muñoz: un gol como un grito de muerte. El segundo que catapultó al América de Miguel Herrera y condenó al Cruz Azul a un embrujo doliente. Es el preámbulo de un conflicto bélico (la mal llamada 'Guerra del Fútbol') y el "templo sagrado" que inspira la mejor prosa de Caparrós y Villoro.

El 'Templo Mayor' fue el corazón de la antigua México-Tenochtitlán, un complejo de pirámides y centros ceremoniales donde los mexicas adoraban, principalmente, a Huitzilopochtli, su máxima deidad, patrono de la guerra y el sol. Tan sobrecogedor era que impactó a los cronistas de la conquista española; hoy, el 'Templo Mayor' mexica es una ruina enclavada y olvidada en el centro de la estridente Ciudad de México. Pero hay un sustituto. El 'Templo Mayor' de la modernidad también es 'azteca' (de nombre, al menos), también honra a los dioses, y se encuentra 16 kilómetros al sur del original.

En México, el Estadio Azteca es la medida de todas las cosas. Y donde caben todos los sueños.

El XI ideal de futbolistas que jugaron en el Estadio Azteca

El Azteca es la auténtica catedral del fútbol internacional. Cinco de los acontecimientos más importantes en la historia del deporte ocurrieron en el césped de Santa Úrusla: el 'Partido del Siglo', 'la Mano de Dios', 'el Gol del Siglo', y las coronaciones de Pelé y Maradona como campeones del mundo. Altar pagano por donde brillaron las estelas de otros tantos astros además de 'O Rei' y 'El Diego'. Vaya, dos Mundiales, dos finales, 55 años, más de 10,000 goles, cientos de miles de partidos y algunos aniversarios especialmente memorables. La lista de invitados distinguidos en el Coloso es inigualable. Acaso Wembley podría oponerse. Y ya. El Azteca es historia transmutada en estadio.

El XI ideal de jugadores en el Estadio Azteca

Una historia de +10,000 gritos

Hace dos años, Milton Caraglio, delantero de Cruz Azul, anotó el gol 10,000 en el Coloso. Una piedra más de una muralla que se extienda más allá de nuestra vista, nuestros dominios. Una edificación cuya primera piedra puso Arlindo dos Santos hace 55 años. El primer gol de una era.

Los 10,000 goles del Estadio Azteca
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Anécdotas y retos del cómo se construyó el Estadio Azteca

Hoy cumplo 55 años y quiero platicar de los padres que me dieron vida…
De las dificultades para concebirme…
De las batallas y sufrimientos durante mi gestación…
De los terribles dolores que provocó mi parto, seguido del rugido de las 100,000 almas que forjaron mi espíritu…
Y de las vidas de varios caballeros aztecas que mi gravidez exigió como ofrenda, y en cuyo honor llevo con orgullo ese nombre...

Así inicia su relato el arquitecto Luis Martínez del Campo, jefe de proyecto y residente de obra en la construcción, ni más ni menos, de la catedral del fútbol mexicano, el glorioso Estadio Azteca.

A 55 años de su inauguración, don Luis tiene vívidos los recuerdos, apuntes técnicos y anécdotas que dieron pie a la concepción del majestuoso Coloso de Santa Úrsula, una de las obras de la que más orgulloso se siente. Martínez del Campo relata cómo fue ese primer contacto con el proyecto de construcción.

Era enero de 1961 cuando, recién egresado de la ENA–UNAM, quedé deslumbrado al entrar a las flamantes oficinas de los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares en avenida de las Fuentes, Pedregal de San Ángel. Entre los varios proyectos que se estaban desarrollando simultáneamente (Museo de Antropología, Edificio Secretaría de Relaciones Exteriores, Museo de Arte Moderno, Pabellón de México para la Feria Mundial de Nueva York), la firma me había invitado a colaborar en la creación de un estadio de futbol para 100,000 personas.

El anteproyecto presentado por Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares se había impuesto sobre otras dos firmas de reconocidos arquitectos mexicanos, precisamente, por contar con características muy especiales que el arquitecto Martínez del Campo destaca: ningún estorbo a la visibilidad desde cualquier ubicación de los espectadores; tres anillos de palcos en balcón, protegidos por las tribunas superiores, totalmente privados, incluyendo estacionamiento propio interior para dos autos al pie de cada palco; y un techo en volado, sin columnas, de 59 metros en laterales y 20 en cabeceras, que cubría el perímetro de todo el estadio, que brindaría protección de sol y lluvia a gran parte de las graderías.

Cambio de planes

El proyecto inicial del Estadio Azteca contemplaba una geometría rectangular, pero sobre la marcha los arquitectos se dieron cuenta de los problemas de visibilidad que esto podría generar a los asistentes.

En esa forma se empezó a trabajar arduamente a principios de 1961, con miras a consolidar el proyecto básico definitivo en 18 meses, lo cual permitiría iniciar la obra a mediados del ’62, cuya inauguración se había programado inicialmente para noviembre de 1964. Dos meses después, en el grupo del proyecto predominó la inquietud de cambiar la geometría rectangular del estadio por una curvada, para asegurar la certeza de una visibilidad impecable a cualquier punto de la cancha desde cualquier ángulo y nivel de las graderías, incluyendo los primeros asientos centrales de la gradería baja para no tener que asomarse; en virtud de la cercanía con la cancha, a ver los tiros de esquina.

Fue el arquitecto Luis Alvarado Escalante, especialista en isópticas, el encargado de realizar el estudio para formar las curvaturas del Coloso de Santa Úrsula que permitirían una óptima visibilidad.

Problemas de origen

El terreno sobre el que se construiría el estadio Azteca representaba un reto para los arquitectos que realizarían la obra. Hubo problemas de origen que se tenían que solucionar rápidamente.

El terreno presentaba tres problemas; dos de ellos graves que incidieron fuertemente en el costo, sistemas constructivos y tiempo de ejecución que requirió la Obra. Primero, el manto freático (aguas lodosas de lo que fue fondo de lago en el valle de México), se encuentra a solo 10 metros abajo del nivel de la calzada de Tlalpan. Esto obligó a diseñar una superestructura de concreto armado de dimensiones colosales, con objeto de sustentar los niveles de palcos y tribunas superiores necesarias para lograr el aforo total de 100,000 personas. Luego, la vasta extensión poniente del terreno, tiene asentada una muralla de lava volcánica ancestral con un promedio de 12 metros de altura, que obligó a dinamitar 180,000 toneladas de roca para poder alojar gran parte de la masa del estadio ubicada en ese espacio. El tercer problema, muy serio, consistía en que la propietaria que vendió el terreno se reservó la porción central correspondiente a la gran explanada que arranca en la Calzada de Tlalpan.

El Azteca, en obras
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El Azteca, en obras

Expropiación

El no contar con el terreno donde actualmente se ubica la gran explanada principal del estadio Azteca suponía graves problemas de acceso al inmueble.

Evidentemente era una aberración. Basta imaginar, en un "llenazo", el flujo de decenas de miles de personas, junto a un caudal de autos, saliendo al mismo tiempo por dos callejones de 20 y 40 metros de ancho por 250 metros de largo, del estadio hacia la Calzada de Tlalpan. Bien avanzada la obra, ante este absurdo, Fútbol del DF trató de adquirir dicha porción. Imposible; la propietaria sabía las enormes posibilidades comerciales que tendría después de la inauguración.

Fue entonces cuando la figura del llamado "Regente de Hierro", Ernesto P. Uruchurtu, apareció para, con el rigor de su Investidura, y con el respaldo presidencial, solucionar el problema.

El regente de la ciudad no era especialmente amigo del estadio y quizá por ello no se había avanzado mucho en el tema. Pero vino una orden fulminante del presidente Díaz Ordaz; de inmediato el entonces Departamento del Distrito Federal expropió esa parte del terreno por la fuerza, despejando en una mañana todo lo que había adentro, incluyendo personas que lo ocupaban.

El drenaje de la cancha

El problema de las aguas freáticas que complicaban las obras para construir la cancha del Estadio Azteca requirió la intervención de especialistas extranjeros, combinada con la labor de los arquitectos encargados del proyecto.

Posteriormente, un técnico británico experto en la materia, dio las especificaciones para el sistema de drenado de la cancha. El proceso se inició al tender y compactar una serie de capas de tepetate, en cuya superficie se hicieron franjas diagonales a cada seis metros a partir del eje longitudinal de la cancha hacia los lados; ahí se alojaron, en línea, tubos perforados de asbesto-cemento de 20 cm. de diámetro –sin unirlos uno con otro–, que servirían para interceptar tanto la crecida de aguas freáticas de abajo hacia arriba en época de lluvias, como el agua infiltrada a través de la cancha durante una tormenta. Encima de esta base, y abarcando toda la superficie correspondiente a la cancha, se creó un filtro de grava graduada con 70 cm. de espesor, cuya parte superior se remató con un manto de arena fina sobre la cual se tendió la capa de tierra vegetal de 30 cm.

Adicionalmente, a la superficie de la cancha se le dio una ligera pendiente a partir de su centro longitudinal hacia las líneas de banda para evitar encharcamientos y propiciar el escurrimiento superficial de desahogo durante las grandes tempestades. Todo este sistema de drenado permitía desaguar la cancha en un minuto después de un gran chubasco.

Desde aquel entonces, el total del agua capturada se descarga en el foso alrededor de la cancha (1.50 m. de profundidad), el cual cuenta con una serie de rejillas que remiten todo el caudal al gran tubo colector que corre abajo del mismo, y lo desemboca en el cárcamo principal debajo de la tribuna baja en el lado oriente. De allí se planeó reciclar para riego y bombear demasías al drenaje de la calzada de Tlalpan.

La verdadera inauguración

Si bien los registros oficiales indican que la inauguración del Estadio Azteca fue el 29 de mayo de 1966 con un partido entre el América y Torino, la realidad es que fueron los trabajadores de la obra quienes por primera vez hicieron rodar el balón sobre el mítico césped del Coloso en otoño de 1964. El arquitecto Martínez del Campo comparte detalles de esa 'cáscara' que, en realidad, fue la que estrenó la cancha del Azteca.

Mucho antes de terminar la obra la cancha ya estaba lista y espléndida. Era imperioso probarla, por lo que acordamos constituir un "torneo" entre constructores y equipo de supervisión. Con base en nuestros extensos conocimientos de futbol, además de nuestra envidiable preparación físico-atlética (casi todos fumábamos como chacuacos), modificamos un poco las reglas de la FIFA estableciendo lo siguiente: jugar a lo ancho de la cancha; muerte súbita (al primer gol se acababa el partido); dos tiempos reglamentarios de diez minutos cada uno con un descanso de 30 minutos con tortas y refrescos; consideramos que la FIFA estaba equivocada en medidas de porterías, por lo que las ampliamos a 10 metros de largo por tres de alto. Creo que en todo el torneo hubo dos (autogoles), pues la mayoría de las anotaciones se las llevó el foso perimetral.

Boleto de la inauguración del Estadio Azteca

Boleto de la inauguración del Estadio Azteca

Al iniciar el torneo redujimos los tiempos reglamentarios a siete minutos. No hizo falta, pues a los cinco la mayoría caíamos en estado de coma. Pensamos seriamente en contratar algún servicio externo de oxígeno y terapia intensiva antes de cada partido, pero en virtud del costo (que podría extenderse a lo humano), decidimos dejar de incursionar en este maravilloso deporte.

El 'calder' de la explanada

Es imposible concebir la imagen del Estadio Azteca sin la escultura que descansa sobre la explanada de Calzada de Tlalpan, el Sol Rojo. La obra, creada por Alexander Calder, forma parte de la identidad del Coloso. ¿Cómo fue qué se decidió colocarla ahí? Martínez del Campo responde.

En 1966, un par de meses después de la inauguración del Estadio Azteca, Pedro Ramírez Vázquez fue nombrado presidente del Comité Organizador para los Juegos Olímpicos de México 68. Incorporó un programa paralelo para actividades y eventos culturales de gran relevancia y calidad, con la participación de lo más destacado al respecto a nivel nacional e internacional. Uno de los notables acontecimientos que formó parte de esta Olimpiada Cultural fue la Ruta de la Amistad, impulsada por el eminente escultor Matías Goeritz. Consistía en un conjunto de efigies monumentales; 19 de ellas, localizadas en ambos lados del Periférico Sur, formando un corredor escultórico de 17 km. de longitud. Otras tres, distribuidas entre el Estadio Azteca, el Palacio de los Deportes y la Avenida Insurgentes sur, frente al Estadio Olímpico.

La explanada del Estadio Azteca durante el Mundial México '86
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La explanada del Estadio Azteca durante el Mundial México '86

Para lograr esta meta se convocaron a destacados artistas de los cinco continentes. Entre ellos estaba el brillante creador de avanzada Alexander Calder, ya famoso como uno de los precursores del arte cinético con sus maravillosos móviles, quien aceptó encantado la invitación de México. Por la monumentalidad del proyecto (25 metros de altura), se requería un gran espacio abierto para su apreciación visual, por lo que se eligió la explanada del Estadio Azteca como escenario ideal para enmarcar esta imponente escultura. Era todo un espectáculo ver al Maestro, con un gran tarro en la mano ("Mexican beer… the best", dijo en alguna ocasión), dirigiendo la construcción de esta portentosa obra de arte que él mismo bautizó como 'El Sol Rojo'.

El retraso del presidente

El día de la inauguración del estadio, la ceremonia, que tendría como clímax la patada inicial del entonces presidente, Gustavo Díaz Ordaz, sufrió un retraso de más de una hora que encendió los ánimos de los más de 100,000 asistentes. Pese a las advertencias de los propios encargados de la obra, el Estado Mayor Presidencial decidió que Díaz Ordaz llegaría en su propio automóvil al recinto, aunque esto implicara un riesgo de no llegar a tiempo debido a los congestionamientos viales.

Sugerimos dos opciones. La primera, llevarlo en helicóptero, pero la representación del EMP no aceptó: "Al señor no le gusta volar en helicóptero". La segunda, como última opción razonable, propusimos armar un tren rápido que arrancara en Calzada de Tlalpan, bloqueando anticipadamente todos los cruces de camellón (recordar que en el camellón central de esta avenida corrían tranvías eléctricos y su inicio estaba situado muy cerca de Palacio Nacional). Esto permitiría que el Presidente y su comitiva fueran trasladados al Estadio en un máximo de media hora. Tampoco aceptaron: 'Al señor no se le puede restar investidura haciéndolo viajar en tranvía'.

Gustavo Díaz Ordaz, al llegar a la inauguración del Estadio Azteca
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Gustavo Díaz Ordaz, al llegar a la inauguración del Estadio Azteca

Ante esa postura respondimos: 'Es inimaginable el conflicto vial que tendrá la Calzada de Tlalpan y el precario camino que también llega al estadio desde Insurgentes sur. Si planean llevar al presidente en automóvil, aun con una gran escolta motorizada abriéndole camino, simplemente no va a llegar a tiempo, a menos de que salga con varias horas de anticipación'. Al respecto, pedimos se firmara un acta para deslindar responsabilidades. El presidente fue trasladado en automóvil y llegó más de una hora tarde a la ceremonia de inauguración.

El estadio, lleno a reventar, no tenía techo todavía y el sol estaba barato. Ese día se prohibió la venta de cerveza y el refresco se agotó en un rato. La gente aullaba en las tribunas, y cuando finalmente, en medio de aquella silbatina, entramos a la cancha acompañando al presidente. Le comenté a un destacado amigo empresario 'Qué pitiza, Don X'; él me respondió 'Yo creo que es una forma de ovación'.

El mamut

Durante las excavaciones en el terreno de Santa Úrsula fueron hallados restos de un mamut. Don Luis Martínez del Campo no sabe qué pasó con ese colmillo y los molares que fueron confiscados por el INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia). Pero su relato del suceso es una joya.

Con casco, manga y snorkel, a media noche en medio de aquel diluvio, advertí cómo el ingeniero en jefe de Cimentaciones Franki suspendía el trabajo que realizaba la cuadrilla de la excavadora helicoidal, que se utilizaba en la perforación vertical para alojar las pilas de cimentación. El lodo y la saturación pluvial impedían continuar. Creo que fue a la mañana siguiente cuando, desde nuestra caseta de supervisión, situada como atalaya en el cantil de roca, vimos a lo lejos un movimiento raro de tres figuras en línea, cuyos sombreros papaloteaban arrítmicamente tal vez por el peso de algo que transportaban sobre los hombros y que a la distancia parecía un enorme hueso.

Bajamos volados para encontrarnos que cargaban un colmillo de paquidermo con dimensiones sorprendentes. Se nos quedaron viendo y, ante la posibilidad de que pudieran soltarlo y correr les dijimos: '¡NO SE PREOCUPEN! Bájenlo despacio para que no se rompa y descansen'. Tenían expresión de culpabilidad, pero también de antojo por la forma de voltear a ver el hueso, creo que habían acariciado la idea de tener caldo de médula por varios años. Tras cuestionarlos un poco, uno de nosotros se quedó cuidando el canino; otro fue con uno de ellos a la zona del descubrimiento. Regresé a la caseta para telefonear al arquitecto Ramírez Vázquez, quien nos indicó resguardar de inmediato la pieza y el sitio del hallazgo mientras él avisaba al personal de Antropología. Los expertos crearon un cerco por tiempo limitado (no era posible detener las obras). Dentro del cual se lograron extraer algunas piezas adicionales, recuerdo un par de imponentes molares.

Los proyectos descartados

Pocos saben que el Estadio Azteca pudo haber tomado otra forma muy distinta a la que conocemos, debido que hubo un par de proyectos más que compitieron, junto con el presentado por Ramírez Vázquez, en la convocatoria realizada por Fútbol del DF, organización que componían los tres clubes que en ese entonces jugaban en la capital del país: América, Necaxa y Atlante.

El arquitecto Javier Ramírez Campuzano, hijo del "Padre" del Estadio Azteca, inicia el relato "Mi tío Miguel (Ramírez Vázquez) había comprado al Necaxa y le dijo a mi papá que Emilio Azcárraga (América) iba a construir un nuevo estadio. Lo invitó a participar en la convocatoria que Futbol del DF haría, pero mi papá, en ese entonces, tenía mucho trabajo, estaba con la construcción del Museo de Antropología, el de Arte Moderno, el edificio de Relaciones Exteriores. Entonces declinó participar".

Pedro Ramírez (izquierda), arquitecto del Estadio Azteca
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Pedro Ramírez (izquierda), arquitecto del Estadio Azteca

"Decidió compartir con el presidente (Adolfo) López Mateos su decisión y le dijo: 'Señor presidente, me están invitando a participar en esta convocatoria para hacer el estadio, pero le quiero informar que no voy a participar para no distraer mi atención de los proyectos que me encomendó'. Pero López Mateos le respondió que si no aceptaba participar dirían que solo hacía trabajos para su amigo el presidente, por lo que le dio la orden de presentar proyecto y ganar", continúa Ramírez Campuzano.

La 'competencia'

Además de Pedro Ramírez Vázquez, otros dos vanagloriados arquitectos realizaron propuestas  para construir el Estadio Azteca: el español naturalizado mexicano Félix Candela y Enrique de la Mora.

Candela se encargó de la edificación del Palacio de los Deportes, mientras que De la Mora diseñó la Bolsa Mexicana de Valores. "A Candela mi papá lo conocía muy bien porque habían trabajado juntos en la construcción algunos mercados, como el de Coyoacán. Sabía muy bien que se iba a ir por este tipo de estructuras que lo caracterizaban; el proyecto de Enrique de la Mora fue descartado rápidamente", explica Ramírez Campuzano.

En el proyecto presentado por Enrique de la Mora destacan las cabeceras descubiertas y solo las tribunas centrales con techo. Por su parte, la propuesta de Candela era muy similar a la de Pedro Ramírez Vázquez, con la diferencia de unas columnas que nacían en la tribuna del estadio para sostener el techo. "Esas columnas iban a restar mucha visibilidad al espectador, estorbarían mucho, además de que el presupuesto se disparaba mucho para construirlas. El proyecto de mi papá dio esa ventaja de tener un techo volado que, además, se podría ir construyendo con el estadio ya inaugurado, sin necesidad de frenar nada, para obtener los recursos de la venta de palcos y plateas", desarrolla el hijo del arquitecto Ramírez Vázquez.

Imagen del proyecto descartado de Enrique de la Mora
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Imagen del proyecto descartado de Enrique de la Mora

Así iba a ser el Estadio Azteca, según el proyecto de Félix Candela
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Así iba a ser el Estadio Azteca, según el proyecto de Félix Candela

El 3 de julio de 1961, el jurado calificador, compuesto por Emilio Ázcarraga Milmo, presidente de la Sociedad y de la Asamblea; el general José Manuel Núñez Amaral, vicepresidente de la Sociedad; y Miguel Ramírez Vázquez, secretario de la Sociedad y de la Asamblea; eligen como ganador al proyecto presentado por los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares.

Fallo del jurado a favor del proyecto de Ramírez Vázquez

Fallo del jurado a favor del proyecto de Ramírez Vázquez

Segunda parte del fallo del jurado a favor del proyecto de Ramírez Vázquez

Segunda parte del fallo del jurado a favor del proyecto de Ramírez Vázquez

Dignidad y funcionalidad

El arquitecto Javier Ramírez Campuzano asegura que el Estadio Azteca encumbra a la perfección los dos valores que su padre siempre utilizó como credencial en sus obras: la dignidad y la funcionalidad: "Mi papá decía que el Museo de Antropología tenía que estar a la altura de la dignidad de nuestras culturas. Lo mismo decía del Estadio Azteca: este lugar tiene que estar a la altura de la dignidad del deporte más seguido en nuestro país, de la afición. Y en eso se basó".

"No conozco estadio en el mundo en que llegues en tu auto a la puerta de tu palco, te bajes y abras directamente la puerta, no lo hay. Mi papá pensaba mucho en eso, en que sus obras fueran funcionales. El tema social era también muy importante. Ahí están los mercados que construyó como prueba, con consultorios médicos y guarderías integradas. Todo tenía una razón de ser", destaca.

¿Cuál es tu mejor foto en el Estadio Azteca?

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