ATLETISMO | LA INTRAHISTORIA

La noche en la que Río fue una radiante parte de Jamaica

A las 22:22 entró Justin Gatlin bajo un abucheo generalizado. Era el villano en la fiesta del superhéroe Bolt, que cuando entró, hizo vibrar a la grada como si fuera un gol.

Para ver a Usain Bol en Río antes había que llegar al estadio olímpico, lo que ya es una aventura. El autobús callejea por calles estrechas y oscuras. Dos, tres, cuatro controles de policía, casas bajas y mal acabadas. “¿¡Dónde nos están llevando!?”, comentó en voz alta un periodista, en inglés con acento británico. Y de la nada cruzas una esquina y ‘bum’, ahí está, el gigante, rodeado de una multitud que recuerda a un hormiguero.

Colas kilométricas, incluso para los profesionales de prensa y VIPs, que tenían que esperar un buen rato para entrar en la arena. La seguridad reforzada, con cientos de soldados del ejército, los míticos caballos y hasta un tanque de guerra. Reflejo de la preocupación por la ubicación del estadio, la zona norte de Río de Janeiro. La más pobre, conflictiva y violenta de la ciudad.

Pero todo eso da igual cuando el motivo vale la pena. Es la oportunidad de ser testigo de la historia.

A las 22:02, cuando el estadio ya calentaba para la entrada de Bolt, un momento de euforia. El sudafricano Wayde Van Nierkerk gana la final de los 400 metros y quiebra el récord histórico de Michael Johnson, que ya duraba 17 años.

Son las 22:22 y llegó la hora. Entra Justin Gatlin bajo un abucheo generalizado. Es el villano en la fiesta del superhéroe Bolt, que cuando entra, la grada vibra como si fuera un gol. El jamaicano sonríe, baila, comanda a la grada. 22:29 y ya no hay nadie sentado. Alrededor de 40.000 personas y silencio sepulcral. 9.81 segundos después, júbilo colectivo por el triunfo del ídolo. Vuelta olímpica al sonido de 'Reggae Night', de Jimmy Cliff, y la sensación de que, esta noche, Río de Janeiro es una parte de Jamaica.