¿Qué autos no circulan mañana?: la pregunta que no debería de existir en CDMX
Un análisis crítico sobre la ineficacia del Hoy No Circula en la Ciudad de México, la obsolescencia de la verificación y las verdaderas causas de la mala calidad del aire en el valle.
Cada noche, miles de personas en la Zona Metropolitana del Valle de México repiten un ritual que parece sacado de una distopía burocrática. Abren sus teléfonos, entran a buscadores o revisan redes sociales con una duda que genera ansiedad: Qué autos no circulan mañana.
Esta interrogante se ha vuelto el pan de cada día, especialmente cuando el calor aprieta y el viento decide abandonar la cuenca. Vaya, en pleno 2024, con avances tecnológicos sin precedentes en la industria automotriz, la movilidad de una de las urbes más grandes del mundo dependa de un calendario que se siente arbitrario y, en muchos sentidos, obsoleto.
En sí, la existencia de esta pregunta es la prueba fehaciente de que las políticas públicas de medio ambiente han fallado en evolucionar al ritmo de la realidad. El programa surgió como una medida de emergencia hace décadas, pero se quedó congelado en el tiempo, transformándose en una molestia sistemática que no distingue entre un vehículo con tecnología de punta y uno que debería estar en un museo.
Esta frustración, que lleva dinero de por medio al tener pagar la famosa verificación, crece cuando se entiende que tener un coche nuevo, con toda la inversión que ello implica, no es garantía de libertad de tránsito en los días de crisis ambiental.
El mito del holograma y la tecnología castigada
Existe una desconexión total entre el esfuerzo del ciudadano por mantener un vehículo eficiente y la respuesta de las autoridades. Actualmente, obtener el holograma 0 o 00 parece un privilegio temporal que se desvanece en cuanto la Comisión Ambiental de la Megalópolis activa una fase de contingencia.
En esos momentos, qué autos no circulan mañana se convierte en una sentencia para propietarios de vehículos de modelo reciente que cumplen con las normas más estrictas de emisiones. Es un contrasentido total. Se fomenta la renovación del parque vehicular bajo la promesa de beneficios de circulación, pero tales beneficios desaparecen cuando más se necesitan.
Lo lógico sería que la verificación vehicular dejara de ser ese trámite semestral que muchas veces se percibe como recaudatorio. Una propuesta sensata apunta a otorgar los hologramas basándose estrictamente en el año modelo y la tecnología del motor.
Un auto con menos de cinco años de antigüedad tiene sistemas de escape y catalizadores que funcionan a niveles de eficiencia que un modelo de hace veinte años simplemente no puede alcanzar, incluso si está “bien afinado”.
Si la meta es reducir partículas, el enfoque debería estar en premiar la tecnología permanente y no en someter a todos a un escrutinio que, al final del día, los deja estacionados por igual.
Los privilegios de los sindicatos y el transporte de carga
Un punto que genera una indignación legítima entre los automovilistas es la visibilidad de las emisiones en otros sectores. Mientras el ciudadano común se preocupa por saber qué autos no circulan mañana, cientos de camiones de carga y transporte público circulan libremente emitiendo nubes de hollín negro. Estas unidades, muchas veces protegidas por sindicatos con un peso político considerable, parecen inmunes a las evaluaciones rigurosas.
Las mediciones demuestran que un solo camión de carga con motor diésel mal mantenido contamina lo mismo que decenas de autos particulares, pero la lupa siempre cae sobre el eslabón más débil de la cadena: el auto de familia.
El hecho de que el transporte pesado no sea sometido a las mismas reglas de restricción durante las contingencias rompe cualquier sentido de equidad. Los acuerdos políticos no deberían estar por encima del aire que respiran millones de personas.
Si el objetivo real fuera la salud pública, la prioridad sería renovar esas flotas que tienen décadas de uso intensivo. En lugar de eso, se prefiere restringir al particular, cuya contribución a los gases de efecto invernadero es, en comparación, mucho más controlada y fácil de fiscalizar.
La geografía y el efecto cazuela del Valle de México
Es necesario reconocer que la naturaleza no ha sido amable con la ubicación de la capital. La orografía del valle juega un papel determinante que ninguna ley puede cambiar por completo. Al estar rodeados de montañas, la ventilación natural es escasa.
Esta condición se vuelve crítica durante la temporada de calor, cuando la falta de corrientes de aire atrapa los contaminantes en una especie de cazuela gigante. Los rayos del sol cocinan literalmente los gases emitidos, convirtiéndolos en ozono, el principal enemigo de los pulmones capitalinos.
Incluso con un parque vehicular 100% eléctrico, el valle seguiría enfrentando retos. La altitud también influye, pues la combustión en los motores a gasolina es menos eficiente que al nivel del mar, lo que genera más residuos químicos por cada kilómetro recorrido.
Aceptar esta realidad geográfica implica que las medidas de mitigación deberían ser mucho más inteligentes y preventivas, en lugar de reactivas. Esperar a que los niveles de ozono se disparen para preguntar qué autos no circulan mañana es llegar tarde a un incendio que ya se salió de control.
Tula y el combustible de baja calidad: los culpables externos
Mirar únicamente a los coches que circulan en las calles es una visión miope de la crisis. A unos cuantos kilómetros, en el estado de Hidalgo, la refinería de Tula opera con procesos que distan mucho de ser limpios.
El uso de combustóleo de pésima calidad en sus procesos industriales lanza al aire toneladas de dióxido de azufre que, por la dirección predominante de los vientos, terminan invariablemente en el Valle de México. Es un secreto a voces que gran parte de los picos de contaminación nocturnos y matutinos provienen de esta fuente industrial.
Aunado a este problema industrial, el mercado negro de combustibles, conocido como huachicol, introduce un factor de incertidumbre en la química de la polución. Las mezclas rebajadas o de procedencia dudosa que se venden de manera clandestina y en algunas estaciones de servicio dañan los motores y disparan las emisiones nocivas.
Un motor diseñado para gasolina de alto octanaje termina quemando sustancias que destruyen los catalizadores en tiempo récord. El impacto ambiental de este fenómeno es incalculable, pero se suma a la lista de razones por las cuales el cielo de la ciudad luce gris la mayor parte del año.
Un impacto económico que se siente en cada hogar
Las consecuencias de un sistema de movilidad restrictivo no se limitan a la logística de transporte. La economía sufre una parálisis silenciosa cada vez que se limita la circulación. La gente deja de salir a trabajar, las compras se postergan y la cadena de suministro local se interrumpe.
Para una persona que utiliza su vehículo como herramienta de trabajo, un día sin circular representa una pérdida neta de ingresos que nadie le compensa. El impacto es especialmente duro para las pequeñas empresas que dependen de entregas diarias o visitas a clientes.
Fomentar la compra de autos híbridos y eléctricos es una estrategia válida, pero no es la solución mágica para una población cuyo poder adquisitivo está bajo presión. No todos pueden comprar un Tesla o un Prius para evitar la pregunta de qué autos no circulan mañana.
La política de movilidad debe ser inclusiva y ofrecer alternativas de transporte público que sean tan eficientes y seguras que dejar el auto en casa sea una elección y no una imposición basada en el miedo a una multa.
Hacia un modelo de movilidad inteligente
La Ciudad de México requiere un cambio de paradigma que deje atrás la prohibición y abrace la gestión eficiente. Es fundamental que la toma de decisiones se base en datos científicos transparentes y no en ocurrencias políticas para salir del paso ante una crisis de ozono.
La digitalización de la movilidad, el monitoreo en tiempo real de las fuentes fijas de contaminación y una red de transporte público digna son los pilares de una ciudad que aspira a ser moderna.
El camino es largo y complejo, pero el primer paso es aceptar que el modelo actual está agotado. La tecnología automotriz ha hecho su parte entregando motores más limpios cada año; ahora le toca a la administración pública ponerse a la altura.
Es momento de trabajar en soluciones integrales que incluyan la modernización de la industria energética y el control estricto de las emisiones industriales. Solo así llegaremos al día en que nadie tenga que despertar con la incertidumbre de consultar un calendario para saber si se tiene permitido moverse por su propia ciudad.
La movilidad es un derecho, y el aire limpio una responsabilidad compartida que no debe recaer exclusivamente en el escape de un automóvil familiar.